Quince años
¿Dónde estábamos hace 15 años? Ex detenidos, ex detenidas, a ver, ¿dónde estábamos? Eran los días mezclados del mucho miedo todavía y la esperanza apenas visible, presente más por costumbre que por los vientos de la Constitución desempolvada para esa fecha.
¿Dónde estábamos, entonces? Empezando a juntar las sílabas de algo que con el tiempo llamamos testimonio. No simplemente contar, como se pueda, lo que nos pasó. No. Testimonio: decir estrujando e[ cuerpo, repasando las heridas, volviendo a despedirnos de los compañeros; decir acusando a los criminales que nos tocaron en el cruel reparto del genocidio. ¿Qué hacíamos cuando empezábamos a ser grupo, célula, organismo? Algunos pisábamos los pastos crecidos del campo de concentración, re-visitado, decíamos ante las cámaras ?por primera vez curiosas de nuestras heridas, aquí fuimos castigados ¿Qué nos convocaba a reunirnos con los otros y otras hacia la primavera del 84? La posibilidad de seguir sacándonos capuchas y grillos, tantear a los costados amigos nuevos, reconstruir un rompecabezas de compañeros, represores y campos de concentración conocidos por fragmentos. Hace quince años creíamos un deber aportar a la justicia y a quien quisiera oírlo, nuestro testimonio. Era una convicción personal, que de pronto descubrimos compartida por más y más liberados de los centros clandestinos de detención. La Asociación, sin más, empezaba a darse en los hechos. Nos asociamos, nos pensamos juntos ¡tan luego nosotros que habíamos sido liberados con el terror a cuestas,
para aislar y quemar todo impulso de volver a ser uno mismo y, de ese modo, parte de los demás, parte con los demás! Nos asumimos testimonio: contar para denunciar, tal vez salvar alguna vida... Recuperar las voces que se ahogaron en los campos y suenan sin pausa en nuestros oídos.
El país de esos días: la promesa de la justicia, el desafío de la justicia. Los demócratas nos dispararon con impunidad. La amañada prescripción de causas imprescriptibles: una ráfaga. Las instrucciones del procurador general a los fiscales, otra ráfaga. El Punto Final con la Obediencia Debida: casi a quemarropa. Los indultos: directo a la sien. La democracia nos halagó con miles de tiros uno por cada represor liberado, perdonado, ascendido, reivindicado. Como el combatiente caído de César Vallejo, tristes, emocionados por la lucha del pueblo que no cesa ?nuestra propia lucha? nos incorporamos lentamente, abrazamos a tos compañeros, seguimos andando. Otra vez, nos asumimos testimonio, pero ¡teníamos mucho más que denunciar! Una Cámara de Diputados, otra de Senadores, dos presidentes, todos sus ministros y todos sus alcahuetes de televisión, radio y papel prensa, más el Palacio de Ya Justicia, las sotanas-Satanas y el poder económico, dueño y señor de nuestras vidas y muertes. Nuestras vidas y muertes. ¿Saben? A veces nos decimos sobrevivientes. Como descubrimos que el testimonio y el deber no eran sólo individuales, sino colectivos, así fuimos viendo que la sobrevivencia era compartida, distinta para cada uno, pero común desde que nos hallamos vivos y todos tenemos algún nombre que pronunciar sin que nadie nos responda, Los compañeros y compañeras desaparecidos, inolvidables, vibrantes, los que murieron en el exilio, los que cayeron bajo las balas de la democracia: Budge, Villa Martelli, La Tablada, Ushuaia, Cutral-Co, los más de quinientos jóvenes asesinados por la policía en las esquinas, en los bares, antes de entrar al recital, llevando el hijo al hospital. Los periodistas muertos por encargo del poder, Y un mar de niños, de mujeres, de viejos eliminados por un hambre nunca visto en estas tierras. Al cabo, nos decimos ex detenidos, sobrevivientes, aparecidos, y de suyo, militantes. Es decir, con el antes de la lucha en nuestras vidas secuestradas y sobrevividas . vidas. En días como éstos recordarnos nuestros pasos por las luchas callejeras de s sesenta, cuando el dictador era Onganía, Levingston o Lanusse: acción política en las universidades; formación de células; trabajo en los sindicatos; organización en los barrios; ejercicios en el monte. El esfuerzo de una generación para derrocar la dictadura y construir el socialismo. Muchos de nosotros, peronistas o no, nos recordarnos en el gran playón de Ezeiza, jubiloso (primero) y enseguida, trágico. Más trágico después; nos vemos haciendo actos relámpago contra el imperio de las Tres A, resistiendo el Rodrigazo, denunciando el golpe inminente. En el 76, somos los que llevamos armas en un bolso de club, obleas pidiendo por los primeros desaparecidos en el bolsillo del delantal del colegio, volantes disimulados en la ropa de fábrica para intentar una huelga, solidaridad con las Madres y los familiares. Ése es nuestro "antes" de ser detenidos, de ser ex detenidos, de ser sobrevivientes, incluso, de este amargo sistema republicano, capitalista y federal.
Se trata para nosotros de seguir siendo quienes éramos, con todas nuestras heridas y nuestros nombres sin respuesta, por eso nuestra identidad es la lucha por la memoria y la justicia. Como AEDO participamos del camino largo de nuestro pueblo contra la impunidad. De sus resurrecciones y de los ecos de ese fuego nunca apagado. Por eso somos parte de los juicios que han asumido los hermanos españoles, italianos, franceses, alemanes,
por vergüenza humana ante el crimen y la falta de justicia. Somos parte, también de la esperanza de ver juzgados y condenados a los criminales
aquí, en nuestra tierra, en nuestra Plaza. Por eso seguimos exigiendo nulidad de las leyes y decretos de impunidad y repudiando la hipócrita derogación que fabricaron los cómplices de los cómplices del genocidio. Los mismos, exactamente los mismos que nos tienden la trampa de las reparaciones económicas en lugar de pagar con justicia, que construyen monumentos oficiales donde mienten una memoria que no comparten ni compartieron nunca, que agitan la búsqueda exclusiva de la ''verdad' como toda respuesta a los crímenes impunes.
Nuestra memoria podrá tener agujeros de dolor, de ausencia, pero no de hechos que nos sublevan y nos dan más motivos para continuar en pie de lucha. Es una memoria que funde dolor y pasión, y trae intactas, atravesando los días y los encierros la bella flor de la solidaridad, aprendida en las luchas populares, salvada del terror en los túneles de la dictadura, donde los hambrientos compartíamos el único pan, los lastimados curábamos heridas de otros, los desgarrados susurrábamos a los compañeros nuestra canción, nuestra poesía, nuestra revolución. A los quince suele cumplirse con un ritual, se piden deseos, tal vez porque la plenitud de la vida por delante ofrece toda la gama de posibilidades, todas las satisfacciones. Es una edad para soñar. Nosotros, que tenemos en nuestro haber ese largo "antes" y unas cuantas lastimaduras a cielo abierto, estamos cumpliendo quince años. Junto a todos los que luchan, decimos nuestros deseos: justicia para los compañeros, justicia para el pueblo. Como en el ritual de los quince, tenemos nuestro sueño en la punta de los dedos y la vida por delante para hacerlo realidad
Octubre, 1999 |