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OTROS AMBITOS
AÑO 1 - NUMERO 1 - OCTUBRE 2000
OTROS AMBITOS

SALUD MENTAL Y DERECHOS HUMANOS
EL DISPOSITIVO MANICOMIAL

En la década del 60, los profesionales que abordábamos problemáticas de la salud mental comenzamos a comprender que los criterios para definir qué es sano y qué es enfermo estaban constituidos por los ideales de sujeto a alcanzar, según y relativo a cada proyecto historico-social. Entonces saber acerca de la locura era desentrañar esa particular inscripción cultural, que en nuestro país había adoptado un modelo de explicación reducido al soporte biológico, lo que justificó la captura, el encierro y la exclusión de los enfermos mentales, conformándose así el dispositivo manicomial.
Desde lo edilicio, incluida su ubicación geográfica ?alejados de los centros poblados?, existía una franca delimitación entre el espacio del supuesto sano y del presunto enfermo. La máxima expresión de esto se concretó en la habitación de aislamiento y los corrales, donde la mayoría de los internados pasaban el día.
Un orden custodial, de obediencia incondicional que se ejercía sobre seres que "habían perdido la razón". A éstos, si bien se los des-responsabilizaba por que no comprendían las consecuencias de su conducta, en la misma medida se los privaba de la libertad. Despojados de su condición de ciudadanos fueron privados de todo derecho.
La salud, la enfermedad y el tratamiento fueron patrimonio exclusivo de la medicina. Toda resistencia o cuestionamiento a este saber era interpretado como reafirmación de la locura, de la incapacidad de adaptarse a un orden que se consideraba evolucionado, justo y racional.
Como en toda institución de secuestro y encierro, los derechos se convertían n premios o dádivas: acceder a la visita, recibir un alimento digno, tener permiso para pasear, obtener abrigo y calzado, etc.
Cada mañana el médico recibía el reporte del enfermo, y con las tarjetas de tratamiento en mano registraba las modificaciones en las órdenes de los fármacos, electroshock, contención mecánica, chaleco de fuerza y aislamiento. Todo ello encuadrado en tratamientos al servicio del orden y la disciplina, en donde los pacientes son condenados al silencio y la pasividad.
Al ingresar, cada persona era despojada de sus pertenencias, vestida con uniforme, no se le brindaba explicación alguna de las medidas dispuestas sobre ella y se la separaba de sus familiares por un plazo de 15 días.
Cuando la familia visitaba al interno, se encontraba con alguien muy extraño: desprolijo, desaseado por inadecuada vestimenta y falta de medios de aseo, tembloroso, babeado, con movimientos vacilantes y hasta con los ojos hacia arriba por el efecto de los psicofármacos. Esto instalaba en los visitantes la idea de lo irremediable que, aún hoy, sostiene en el imaginario popular a los manicomios como lugares "de donde no se sale jamás o se sale peor".
LA INNOVACION
Poco a poco se fue desandando este orden institucional. violento, opresivo y represivo, corporizado en cientos de personas que habían sido degradadas a cosas, sin deseos, sin libertad, carentes de toda voluntad por efectos de las terapias electro-convulsivas y farmacológicas. Y sin historia, por efecto de la deprivación sensorial y socio-afectiva; sin identidad, por el despojo de todo lo que remitiera a su memoria individual y social.
Desde finales de la década del sesenta y comienzos del setenta, el campo de la salud mental quedó atravesado por el cruce entre la radicalización política y la modernización cultural.
Fue un desafío para el poder tradicional, tanto en el plano teórico como en los espacios institucionales donde los manicomios se convertían en terrenos en disputa.
Las experiencias innovadoras fueron sostenidas por lo que podría identificarse como grupo gestor, excepcionalmente integrado por personal jerárquico y formando parte de una política en salud mental.
Se comenzó por reparar la condición humana del internado apuntando a las necesidades básicas: se eliminaron los corrales, se estableció el sistema de puertas abiertas, se diversificaron actividades productivas y creativas en distintos espacios que obligaron a la libertad de circulación, se estimularon las salidas recreativas y la inserción laboral en la comunidad, se sirvió la comida en bandejas y con cubiertos, se calefaccionaron las salas de internación.
Se buscó reparar la identidad propia movilizando todas las capacidades expresivas posibles desde el cuerpo hacia los objetos, desde sí hacia el otro, hasta recuperar la palabra; la reconstrucción de sus historias de vida e inscripción en acontecimientos sociales y familiares.
Se reconoció al paciente como agente de cambio en su propia recuperación y en la innovación institucional, es decir, su lugar social como protagonista en el conjunto de sus relaciones sociales.
Durante los primeros años de la década del 90 se rompió la equivalencia entre tratamiento de las enfermedades mentales e internación. Se advirtió y admitió que la familia y la comunidad tenían múltiples estrategias para albergar la "locura" en su seno.
La internación se resignifico como una medida extrema y como tal, debe ser reducida a su mínima expresión. Se apeló a todo gesto de crítica y conciencia del malestar, para establecer una fuerte alianza terapéutica entre el consultante, su familia y el equipo asistencial, acordando hasta las indicaciones farmacologicas
La aplicación de terapias electro-convulsivas se volvió una medida excepcional, las dosis de fármacos adquirieron prestigio cuanto más reducidas y menos combinadas. Nunca más se vieron los chalecos de fuerza, y las maneas para la contención mecánica son restringidas a situaciones de fuerza mayor, habiendo perdido el carácter de castigo y disciplinamiento que generalizaron su uso hasta la década del 60.
A pesar de ello, en la actualidad continúa la costosa lucha para erradicar definitivamente el manicomio, las políticas totalitarias y ceder paso a modelos de funcionamiento que permitan articular prácticas tendientes a liberar las capacidades que hacen a la esencia misma de los hombres y mujeres que lo transitan: su identidad, su espacio y su dignidad.

Psicóloga Maria Liliana Guido