LA TURCA SILVIA.
Cuando la secuestraron tenía 19 años y un hijo, Mariano, de 9 meses. Estudiaba profesorado de Historia y militaba. Ahora es Coordinadora de Enfermería del Instituto Cardiovascular de Santa Fe y congresal de ATSA.
Hasta el día de hoy lo recuerdo; Mariano tampoco olvidó ese instante. Para que yo no gritara te apuntaron a la cabeza, y su mirada quedó siempre...
¡Cómo cambia un bebé en tres meses! En la pieza donde estábamos en la GIR ?la llamábamos El Colectivo, porque era muy larga? se abrió la única puerta y apareció un bebé con una de las guardia cárceles. Había un chico que ya casi tenía un año, lleno de rulos y yo lo había dejado pelado. Éramos once compañeras que habíamos caído juntas, y él me miró a mi. Fue un reconocimiento por la mirada. Era exactamente la misma que había dejado tres meses atrás, cuando le apuntaron. Me abrazó, se cobijó conmigo e inmediatamente fue el rechazo. Se dio eso: el querer aferrarse y el saber ?lo sabía él, lo sabía yo?, que nos teníamos que separar. Que era un instante. Todas las visitas que tuvimos en la GIR y en Devoto fueron exactamente iguales. Era como decirme "ya está, basta; ahora tengo que seguir solo". Cuando volvía de la visita, te pedía a Dios que detuviera el tiempo; sabía que cada minuto que pasaba lejos de mi hijo era irrecuperable. Y así fue.
Mariano creció en medio de las visitas a Devoto, las requisas, las colas. Cosas que todavía no hemos podido hablarlas porque le hacen muy mal, aunque él reivindica mí historia, como militante, como peronista, como la mamá que estuvo en la cárcel. Los milicos me decían que a Juan, mí esposo ?que no militaba, sí colaboraba con nosotros? no lo iban a meter nunca preso. "Pero te aseguramos que te destruimos toda la familia. Cuando salgas no vas a encontrar nada" . decían. Cuando salí, la relación con él estaba totalmente destruida.
En la GIR teníamos la sensación de que estábamos continuamente a mano de la patota, que por cualquier cosa nos tomaban. Cuando fuimos a Devoto seguíamos en manos de ellos, pero estábamos como más legales. Una vez que tuve la Libertad siempre esperaba que me volvieran a detener. "Tengo que sentir, que llorar, que emocionarme, que ser feliz hasta un punto. Pero me tengo que resguardar, porque no sé lo que viene." Hasta que me dije que vivir con ese miedo me estaban jodiendo más que lo que viví en la cárcel".
Nosotras éramos fuertes adentro y mandábamos fortaleza para afuera. Había que aguantar. En la cárcel uno vivía resistiendo. Pero cuando tuviste la Libertad, era tal la destrucción en nuestras familias, en nuestra sociedad, que había que reconstruirlo todo.
El padre le leyó un aviso de la carrera de Enfermería. Empezó a los 25 años; sus compañeros tenían 18, 19, muchos ni se habían dado cuenta de que había pasado la dictadura.
Vi que había otras personas, que había una simplicidad de los que no tienen esa historia de sufrimiento como la nuestra; que no tienen una historia militante, con ideales, con utopías. La gente sencilla, ésa que anda en todos lados. Cuando empecé las prácticas en los hospitales fue ver que también hay gente que sufre por otras cosas, y que había una posibilidad de seguir ayudando. Porque la base de nuestra militancia fue el poder ayudar, ser solidario. ¿Por qué queríamos ser militantes de la JUP? Porque íbamos a ayudar a los chicos que no tenían qué comer, porque queríamos una universidad popular, donde todo el mundo pudiera estudiar.
Ahí perdí el miedo. Me encontré con la pobreza en los hospitales, cómo se desintegraban las familias. Lo que tenés que darte a un paciente es mucho, y lo que recibís es impagable. Y tuve la suerte de insertarme como laburante; entendí eso de: "Se va a acabar, se va a acabar la burocracia sindical". Cuando lo cantaba no sabía lo que era la burocracia sindical. En mi gremio, Sanidad ?que estaba intervenido? me eligieron presidenta de la junta electoral. Después de laburar caminaba 20 cuadras para ir al sindicato y 20 para volver, y veía al dirigente viajar en avión a Buenos Aires. Un día se abrió la puerta de su escritorio: era un bulín. Vi el whisky, el pucho importado. Y dije: "esto es la burocracia sindical".
ANATILDE.
Actualmente delegada gremial, la secuestraron con su novio Juan Perassolo. Estudiaba Derecho y militaba. Salió en libertad a fines del 78, y sus primeros pasos los dio en dirección a la cárcel de Coronda para ver a Juan y a su hermano Rafa. Ya militando en la APDH, fue a casarse al penal de Rawson e "hizo magia para vencer las rejas; era nuestra voz pidiendo libertad', dicen sus compañeras. Anatilde es viuda. Tiene tres hijos Agustín, Dolores y Lucila.
Cuando salí no tuve que dejar de contar nada. Entré a una empresa privada, que es donde estoy todavía. Allí sabían todo. Empecé a estudiar pero no pude seguir: por ley que los que teníamos causa no podíamos estudiar.
Yo no entré a militar por un servicio sino para mejorarme a mí misma. Yo salía de una escuela de monjas, y nunca estuve satisfecha. Entré a la facultad de Derecho en el 73. Yo buscaba algo, no sabía qué. Nunca estuve conforme ni con mi militancia, con lo que hacía, siempre pensaba que había que hacer más. Soy medio contestataria, me gustaban más los hechos. Hice un montón de cosas, no muy graves. Cuidaba que salieran sanos los que hacían pintadas, volanteadas.
Ya en el 74 la policía controlaba el ingreso a la Facultad. A rendir entrábamos por la ventana. Porque en la puerta te pedían el documento y estaba la lista de los que no podían entrar.
Depende de lo que tenías al lado del nombre llamaban al secretario académico, el Petiso Miretti, un facho, que venía con tu expediente. 0 no te dejaban pasar. Pero si vos le pedías a un compañero que te anotara, era todo tan burocrático que en la mesa de examen te tomaban. Entrabas por la ventana, rendías y salías igual. Era un desafío hacerlo. Decirles "Te jodí, rendí igual". Siempre nos planteamos que teníamos que hacer las dos cosas: militar y también estudiar.
Comparados con otros padres, mi vieja era de avanzada, sabía que mis hermanos y yo militábamos y siempre nos dio mucha libertad, pero que la tomárarnos hasta ahí. Cargué mucho tiempo con la culpa de 'lo que mi mamá hizo por mi" Ya no. Ojalá que pueda hacer mil veces más de lo que hago por mis hijos y que tenga la lucidez de no hacérselos sentir como carga, aunque facturas me van a pasar siempre. Agustín tiene 15 años, cuando empezó lo de Brusa, en su curso de Ética ciudadana lo trataron. Entonces él se paró y contó la vida de sus padres.
PATRICIA.
En el 76 trabajaba en un hogar de la Dirección del Menor de Santa Fe, militaba y estudiaba Letras. Hoy sigue en una guardería. Pero su vida es el teatro. Lo descubrió integrando el Comité de Recreación del Segundo Celular en la cárcel de Devoto.
Cuando salimos fue como volver a las fuentes, adonde uno había empezado el camino de la militancia, que era una actitud de servicio a los demás. En algún momento de la vorágine de la represión uno se sintió el centro del sufrimiento del mundo. Y cuando uno sale y descubre que las causas por las cuales nosotros empezamos siguen vigentes, es volver a identificarse y buscar nuevos caminos para canalizar una actitud de vida, en la que creo que no han logrado quebramos. En otras nos destrozaron...
Cuando me agarraron, yo no había encontrado, realmente, qué era lo que me gustaba hacer para mí. Y lo encontré en la cárcel. Aprendí muchas cosas de la vida en la cárcel a través de la experiencia de otras compañeras.
En el Comité nos ocupábamos de marcar ese tiempo, los sábados, domingos feriados, de forma distinta. De sacarnos a otro mundo, a la normalidad. En el pabellón había una chica que había sido directora de teatro, la Yupi, y los restos de un taller cultural de una villa de Córdoba. Detuvieron a todos los que estaban allí y arrasaron hasta las paredes. Con eso integramos un equipo. Una Navidad nos permitieron hacer festejos y nos pasamos todo el día cantando y haciendo representaciones teatrales, poesías, cada uno hacía lo suyo, sin parar. Todo lo prohibido. Era un desafío: poner la creatividad al servicio de la supervivencia. Hasta lo más mínimo teníamos que ver cómo se resolvía para seguir adelante.
Las funciones para las 90 del pabellón las hacían en las duchas, articulando un servicio de campanas, escenografía y vestuario desmontables en dos segundos. Llegaron a representar una obra de Chejov sin que la guardia se enterara. Mi especialidad es el payaso, una línea de trabajo en el teatro. Todo el mundo me quería y me conocía por esto. Me hacía bien que me contaran que cuando estaban en el calabozo de castigo, solas días y días, acordarse de mis payasadas les servía para seguir aguantando.
Salí a querer hacer esto, el trabajo de mi vida. Salgo en libertad vigilada y nos hacían una entrevista semanal. En una, ingenua, digo que estaba por ingresar en la escuela de teatro. El cana casi se desmaya. "En esas actividades siempre hay gente con antecedentes", dijo. Yo me reía pensando ¿y yo?
No pudo ingresar enseguida a la Escuela de Teatro porque los Servicios de Inteligencia revisaban la lista de alumnos.
Trabajó gracias a la solidaridad de los vecinos. Cuando tuvo que empezar de nuevo tras separarse de su pareja, "volví a encontrar el camino del payaso". Y se puso a estudiar teatro.
Me conecté con grupos de Santa Fe. Los espectáculos se conciben para hacerlos en una plaza, un baldío, en la mitad de una calle. Con códigos abiertos para que lleguen a la mayor cantidad de gente. Y que sea una fiesta. Por eso se empezó a utilizar la murga. El teatro es una actividad integradora sirve para juntamos. Formamos una pequeña red latinoamericana, que se ha podido mantener un poco sí y otro no. Hemos viajado a Chile, a Paraguay, a Brasil, a México. Donde se hace una función, la gente nos da alojamiento y comida a cambio. Y hacemos funciones en otros lugares, apoyando alguna organización. Éste es el trabajo que más quiero.
STELLA.
Salió en libertad el 23 de septiembre del 83, cuando ya la situación del país estaba más abierta. "Salí con novio" cuenta, mientras sus compañeras aportan detalles. El contacto con Carlos empezó hablando por las cañerías del baño, cuando llevaron a Devoto a los presos de Coronda. El es cordobes pero militó en Santa Fe Tienen tres hijos: Ema, Juan Lucas y Marcelo.
Cuando llegaron los presos, fue una alegría. Los vimos desde las ventanas: estaban físicamente calamitosos. Había compañeras que no hablaban con sus compañeros desde hacía años. Se priorizó la comunicación entre las parejas y las familias. Y después los de las regiones. Siempre que me tocaba a mí con el del Santa Fe venía la conversa. Pero a nosotras nos llevaron a Ezeiza. Los idilios se interrumpen, pero empezaron las cartas.
Yo salgo creyendo una cantidad de cosas de la realidad. Me habían recibido con una fiesta en el barrio. Cuando vinieron las elecciones y ganó el radicalismo, decía "no puede ser". Fue un aterrizaje tremendo. Me enganché a militar en Intransigencia y Movilización. Un compañero me dijo: "Negra te conviene tomarte un tiempo y mirar cómo vas a continuar, no te metás de cabeza con el primero que te tira un anzuelo, porque las cosas cambiaron mucho". Lo escuché. Estaba todo hecho muy pelota. Con Carlos seguíamos escribiéndonos, me ocupé de su situación y un día lo fui a visitar. Y era tan feo, tan feo, que yo dije "acá termino", pero cuando sale, enseguida nos enganchamos.
Cuando nace Marcelo fue un golpe muy grande. No nos sentíamos preparados para él. Y entramos a ver un mundo al que nunca habíamos accedido. La discapacidad era una cosa que pasaba lejos. Durante todo el primer año me concentro en que viva, porque tenía una dificultad respiratoria y no retenía los alimentos. Después empezamos a hacer estimulación temprana y nos contactarnos con padres de chicos con síndrome de Down. En el Instituto de Estimulación Temprana se forma una cooperadora, y nosotros la integramos. Se hacían cosas, pero del chico nadie hablaba. Decidimos formar una ONG, el logo es un corazón que en el centro tiene el símbolo de la trisomía. El mensaje que queremos dar es que todas las personas en nuestro corazón sintamos a las personas trisómicas
Carlos acota que para las elecciones municipales hicieron un partido político de los discapacitados, Ciudad para todos, para subrayar que la ciudad no está abierta a todos. Diseñaron una zona piloto de libre accesibilidad, con semáforos para no videntes, y escuelas abiertas a la diversidad. "Por supuesto no ganamos", agregan.
A nuestros chicos todo les cuesta mucho más, porque vienen en inferioridad de condiciones respecto a los otros, y hay un prejuicio de que no van a poder. Las maestras especiales están formadas en hacerles usar la tijera, porque total, no pueden escribir.. Pero cada caso es diferente. Recibimos información científica en torno a cómo se avanza en las causas de la trisomía, y cómo se puede ir logrando que las personas con trisomía alcancen una vida lo más normalizada posible, que tengan una autonomía que les permita disfrutar de la vida, ir al cine y disfrutar de una película, si pueden leer un libro, disfrutarlo
CECILIA.
Militaba en la UES, tenía 16 años y estaba embarazada cuando la secuestraron en 1976. Había formado pareja con Daniel Suárez, quien desapareció en 1977, mientras hacía el servicio militar. Mientras estaba recluida en la GIR nació Sebastián, que acaba de ser padre. Por eso sus compañeras la presentan como abuela, además de actriz y bailarina.
Bailarina no, iba a aprender ?aclara?.Voy en cana y paso lo que pasaron todos. Ni bien nace mi hijo, se lo dan a mis viejos. Fue fuerte ese golpe, porque a mí no me avisaron cómo iba a ser después de que naciera. No lo habíamos pensado.
Caímos un grupo grande de Santa Fe. Y se abre la GIR. A nuestros padres no les decían donde estábamos. Eso fue hasta que a todos los que estábamos ahí nos interrogaran, y decidieran qué hacer si no nos moríamos en el interrogatorio.
Los milicos les hacían un trabajo denso a los padres de convencerlos sobre lo que tenían que hacer con nosotros, que nos cuiden, nos controlen. A los míos les dijeron que cuando yo saliera me sacaran de Santa Fe, que me mandaran a algún lado.
Pasaba el tiempo, los que cayeron conmigo fueron saliendo, o los que cumplían 18 fueron trasladados a cárceles. Yo quedé sola con dos chicas de Rafaela durante un año. Nos tenían como en formol; como estudiándonos.
Constantemente la bajaban a la oficina del comisario Perizotti, el responsable de la GIR. También la interrogaba un "capitán Morales", del Servicio de Inteligencia, que nunca dejó de hostigarla. ".NO te acordaste de nada? Vos dijiste una mentira.". O estaba mal informado, o me creyó todas las mentiras menos una", se ríe Cecilia.
Me decía que me iba a pudrir adentro. Que sabía todo, pero quería que yo se lo dijera para demostrar que estaba en condiciones de salir a integrarme al resto de sociedad.
En junio del 78 aparece el capitán Ceretti, que tenía que hacer un seguimiento de mi caso, decidir cuando salía, o si no salía. Todas las semanas iba a hablar conmigo. El trato no era una pinturita pero era diferente, no era la patoteada amenazante de Morales.
Salí en diciembre del 78. No fue salir en libertad, sino caer en otro planeta. Me había ido de uno y me habían bajado en otro. Observaba como un gran lavado de cerebro, mucho miedo y mucho "mejor no hablar de ciertas cosas". Lo que yo tenía para decir, mí familia no quería escucharlo, y mí hijo me rechazaba.
El 6 de enero del 79 había salido con Sebastián. Cuando llego, encuentro la documentación mía de mis viejos, todo afuera. Habían venido dos hombres a buscarme diciendo que yo era chilena y que me tenían que deportar. Las valijas estaban listas. Me fui con mí hermana y mi cuñado al campo. M hijo fue conmigo, pero no sé qué fue peor.. Yo salí desesperada porque él me aceptara, me reconociera como la madre y de pronto se lo saco a mi mamá y me voy. En el campo la pasamos mal. Nos plantearnos un montón de estrategias para que él me quisiera, y había que cambiarlas porque no servían. Después me empezó a querer un poco... Nos vinimos a Santa Fe. mi mamá murió, mí viejo se fue a vivir al campo. Estaba sola, no tenía laburo de la casa de mí hermana me tuve que ir. Andaba con mi hijo a cuestas dando clases de gimnasia y de danza, donde pudiera. Y con el peso de no poder superar la desaparición de mi esposo, y no tener rearme para poder hacer otra cosa. Hasta que salió Juan Carlos en libertad, un psicólogo que estuvo preso en Coronda y me ayudó a seguir. Me dio algunas herramientas que todavía hoy utilizo. A los 16 años Sebastián me reprochó que tanto lo queríamos pero el padre estaba muerto y yo estuve presa. Desde esa época me retiró el contacto físico. Hace muy poco lo volví a recuperar a medias, a partir de su pareja y de mi pareja nueva. Pero nunca lo dejé. Le exigí todo el tiempo que siguiera siendo mi hijo, y que yo era su mamá.
Ahora doy clases sobre unas técnicas relacionadas con cuestiones terapéuticas. Bailo, me gusta, pero mi trabajo apunta a lo terapéutico. Me hace feliz. Y trabajo en un grupo de teatro integrador, Teatro Sol, con chicos discapacitados que se integran con los que no tienen discapacidad.
FROYLÁN.
Empezó a militar en el 72, y estudió en la escuela industrial que está pegada a la Facultad de Química. Cuando la Misión Ivanissevich irrumpió sembrando represión y terror, cayó preso. Aunque luego salió, en 1975 tuvo que dejar el colegio.
El director de la escuela en el 73 era compañero nuestro. Está desaparecido, Alberto Barber, El Gallego. Al vice-director lo elegimos democráticamente los alumnos, entre los profesores que se postularan al cargo. Nos sentíamos un poco dueños de la escuela. Había gabinetes de cada materia donde los alumnos a través de delegados del Centro de Estudiantes participábamos en el diseño de lo que queríamos aprender. El preceptor no podía poner amonestaciones, salvo que te mandaras algo grave. Todo se discutía. Si no te gustaba un profesor ibas al Centro, te quejabas a nivel gremial. Al principio hubo cierta indisciplina, después se encamino eso y hubo apoyo, en general, de la gente. Cerraron la escuela en septiembre del 74. Hubo movilizaciones con familiares, alumnos, se daban clases en la calle. Pero eso se fue apagando, un poco producto de lo que estaba pasando en general. Y al año siguiente pasamos de 4 o 5 preceptores a tener 89, en su mayoría policías y guardiacárceles y canas retirados.
Me secuestraron en septiembre del 76 en el hospital Iturraspe con otro compañero, Osuna, y me llevaron a La Casita. A mí me daban la biaba en una pieza y en la contigua a este compañero. Yo escuchaba todo, estoy seguro de que él muere ahí, pero su cuerpo apareció un mes después, en Entre Ríos, como caído en un enfrentamiento.
En la Primera me tuvieron en una celda triangular: en el rincón de un pasillo habían puesto una puerta. Ése era el tamaño de la celda. Yo entraba parado, o sentado en el piso. Ahí estuve 27 días, encapuchado, con manos y pies atados. Hasta que me llevan a la GIR, después a Coronda, a Caseros y después a la U 9 de La Plata.
Inauguramos Caseros y fui el primer castigado. Nos habían mandado a bañar Me castigaron porque fui el último en salir. Hacía tres años que no nos bañábamos con agua caliente. Salí con libertad vigilada en el 82. Traté de participar, ingresé a Intransigencia y Movilización Peronistas. Yo me iba a ir a Bélgica, pero en el acto de Atlanta lo encuentro al Piojo y me dice "No boludo, vamos a Santa Fe". Me vine y empezamos a darle pata a Intransigencia. Hasta que se fue diluyendo y se armó una diáspora. Y después nos quedamos sin política, hemos quedado sin una política cima la que podamos adherir.
A lo largo de estos anos he tratado de participar en cosas que nos unen, escrache a Brusa, acto por los 20 arios de la dictadura, algo por aquí, por allá. Cosas que suplen la falta de una militancia de ligarse a un proyecto político. Yo sigo siendo peronista. Ahora nos juntamos para reconstruir la memoria de Coronda. Uno sigue como atado a los vínculos políticos de algunos compañeros, pero como no adhiere a muchas cosas, estamos ahí, con una pata adentro y otra afuera.
Graciela Daleo y Chipi Palmero
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