Año 1 - 2
Marzo 2001 / $ 2.- /
Publicación de la Asociación de Ex-Detenidos Desaparecidos

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Editorial - 24 de marzo
En qué andamos

Tantas voces... Tantas vidas... en la calle

Juicios - Acerca de la justicia y los juecesTantas voces - Roberto Ramírez
Tantas vidas - Luis Allega

¿Lo vio alguna vez? - Samuel Miara    
Circuito AABO I - Garage Azopardo / Club Atlético Relatos
La escritura frente al abismo
Entrevista - La Murga de los Renegados         
En el medio sin medios - Empezando a construir         
Polémicas - Tentaciones
Fuera de redacción - Secretaria trilingüe se necesita
Editorial 30.000 detenidos-desaparecidos ¡Presente!

Hay muchas interpretaciones en torno al 24 de marzo del 76,y vale repasar algunas para hacer un balance a 25 años de aquella fecha.

Dos de ellas tienen en común ubicar a la fecha como el inicio de procesos enfrentados, cuyas secuelas se mantienen hasta nuestros días. El comienzo de la dictadura más sangrienta que vivió nuestro país es uno de estos procesos. El otro, el movimiento de resistencia que le hizo frente, y que se continúa hoy en la lucha contra la impunidad. La tendencia a quedarse sólo con uno mutila la respuesta tejida contra la barbarie. Respuesta que, aun acotada, parcial, atravesada por el terror, da cuenta de los núcleos de vitalidad y rebeldía que florecieron pese al miedo.

La resistencia –pasada/presente–, la asumieron obreros, trabajadores, estudiantes, vecinos, jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, los recluidos en prisiones “visibles” y en centros clandestinos. Muchos que ofrendaron hasta sus vidas en aquellos años de feroz represión. Hubo que enfrentar tortura, campos de concentración, secuestros, asesinatos, desapariciones, cárcel, exilio, como nunca antes en nuestra historia. Hasta casi llegar al límite de las fuerzas. Pero Madres y familiares de las víctimas, compañeros de trabajo y militancia, organizaciones sociales y de derechos humanos, grupos políticos, miles de personas sensibles e indignadas de aquí y del mundo que se sumaron a la lucha. Hubieron rondas en la Plaza, paros sorpresivos y huelgas generales, sabotaje, marchas rebeldes, actos relámpago y manifestaciones callejeras, campañas en el exterior, elecciones, que marcaron el fin del Estado terrorista.

Hay otro par de lecturas del golpe asociadas a su marca de origen. Una remite a la teoría de los “dos demonios” –acuñada por el alfonsinismo y nunca definitivamente archivada–; otra que señala como su razón última a la necesidad de “refundar” el capitalismo en la Argentina según las renovadas exigencias del capital financiero.

“Respuesta desmedida” –dicen los que sostienen la primera– de miembros de las FFAA a la provocación de “fuerzas oscuras”; “excesos” y “errores” cometidos al enfrentar al “demonio subversivo”. Hay en esto al menos tres falacias. Uno: equiparar la violencia ejercida desde el Estado, y más aun, desde el Estado te-rrorista, a aquella que habrían empleado grupos de civiles. Como si pudieran ser consideradas de la misma naturaleza y equivalentes. Dos: atribuirle al terrorismo de Estado “espontaneidad” ante una situación “nueva”, ocultando que se prepararon para ello desde varias décadas atrás. Tres: desvincular a la dictadura del conflicto histórico entre los sectores populares –que aspiran a más vida, más libertad, más justicia, más dignidad– y las clases dominantes, que sólo buscan mantener y aumentar sus privilegios. Así despegada, a la represión bárbara la explicarían la “mala sangre” y la “conducta desviada” de algunos militares.

El 24 de marzo del 76 fue el acto inaugural de un proyecto económico, político, social, cultural. Esto da la dimensión real de esos años de terror represivo, horror económico, sangría política, social, cultural. Remite a sus artífices militares y a los socios civiles. (Por algo los ministros de Economía, Educación y Justicia fueron hombres sin uniforme.) Paternidad repartida entre los Martínez de Hoz, los Videla, Massera, Suárez Mason –miles más–, la que dio a luz a la Argentina de entonces. Apertura de nuestras fronteras al capital extranjero sin control ni límites, deterioro de los salarios y de las condiciones de trabajo, búsqueda de aniquilamiento de toda forma de organización popular, medidas en beneficio de grandes bancos y entidades financieras, multiplicación de la deuda externa, “leyes” de contrato de trabajo, asociaciones profesionales y de obras sociales para domesticar a los obreros, fueron el paralelo de la picana y la capucha sobre el cuerpo social. El modelo económico que hoy se nos impone reconoce también esa paternidad.

La voluntad popular acumuló en aquellos años sed de justicia. Juicio y castigo a los culpables, Aparición con vida de todos los desaparecidos, exigencias que hicieron surco en el camino recorrido por miles de argentinos. Pero cuando con la llegada del gobierno constitucional parecía que estaba próxima la hora de la justicia, los aliados “democráticos” de los represores fueron borrando con sucesivos plumazos lo conseguido con tanto esfuerzo. Los mandatos de Alfonsín y Menem garantizaron la impunidad con el procesamiento de unos pocos jefes dictatoriales, la reforma al Código de Justicia Militar, el establecimiento de las prescripciones, las instrucciones a los fiscales civiles y militares, las condenas leves y las absoluciones aprobados genocidas, las leyes de Punto Final, Obediencia Debida, los indultos.

El conflicto entre voluntad de impunidad y necesidad de justicia persiste hasta hoy. A las viejas herramientas utilizadas para asegurarse la primera se agregan otras nuevas. Durante su gestión en el Ministerio de Defensa, López Murphy expresó ese maridaje que tantos resultados ya les dio al poder económico y las fuerzas militares. Ahora, mientras Jaunarena toma su posta, él se dedicará a rematar lo poco que nos queda y ajustarnos la soga al cuello hasta dejarnos sin aire, mientras Ruckauf promete más mano dura y nuevos exterminios.

El general Brinzoni encabeza a 700 supuestos “inocentes” en un asalto al habeas data. Quiere que los organismos de derechos humanos les otorguen un certificado para zafar de cualquier acusación. Alegan juventud los 700. Como si los 20 años que muchos de ellos tenían entonces, cuando secuestraban, golpeaban a los prisioneros, empujaban a los desaparecidos a los camiones de “traslados”, los tornaran inimputables.

Los sectores populares no hemos acumulado aún la organización y el poder necesarios para lograr claros días de justicia. Sin embargo, la resistencia y la lucha existen. Hurgando hasta en las más recónditas grietas; buscando fisuras en el sistema; iniciando juicios aquí y en el exterior, para sentar en el banquillo desde el máximo general hasta el más mínimo cabo; recuperando y devolviendo la identidad a los chicos secuestrados; cerrándoles las fronteras a los genocidas. Exprimiéndole a la memoria hasta la última gota de dolor, sabedores de que allí se guarda la más importante de las herramientas para vencer la impunidad. La sentencia del juez Cavallo que declara nulas las leyes de la infamia y abre un camino para penalizar ya a los genocidas; los represores presos por la práctica sistemática de apropiación de chicos; el marino Ricardo Cavallo detenido en México; los procesos en España, Francia, Italia, Alemania; los juicios por la verdad que se multiplican por todo el país; aquellos contra la Operación Cóndor y la nulidad de los indultos... Todos frutos de la empecinada voluntad de no olvidar, no perdonar.

Videla, Massera, Bignone, todos ellos, se ganaron la condena y el repudio mayoritario de la sociedad y el mundo. Los gobernantes constitucionales que los siguieron –Alfonsín, Menem, De la Rúa–, perpetradores de un nuevo genocidio por la vía del hambre, la desocupación, la entrega, tendrán destino similar.

Esto quedará plasmado el 24 de marzo, en la marcha a Plaza de Mayo en repudio al golpe del 76 y a la miseria de hoy. Será un nuevo paso hasta lograr que se revierta toda injusticia.

En que andamos tantas voces... tantas vidas... en la calle

El 26 de octubre de 2000 la revista se echó a andar en el Teatro Bambalinas, con el piano de Miguel Ángel Estrella y la palabra de Laura Di Ciano (del grupo de estudiantes de Periodismo de la UNLP que motorizó la revista), Darío Lago (EATIP), Victoria Ginzberg (periodista de Página/12), María del Carmen Verdú (CORREPI), Osvaldo Bayer (escritor) y Chipi Palmero (AEDD). Luego llegó a La Plata. En la Escuela Superior de Trabajo Social, Canto Americano, Elisa Quirino y la murga Tocando Fondo acompañaron con música y baile los discursos de Milva Benítez (Periodismo UNLP), Liliana Guido (psicóloga), Rosa Schönfeld (madre de Miguel Bru), Adriana Caballero (ESTS), Andrés Nuñez (CTA-Regional La Plata), y Graciela Daleo (AEDD).

Éramos dos generaciones: una, la de la Asociación, con todas sus vivencias y su vinculación directa con la dictadura como víctimas del terrorismo de Estado. Y la otra, la nuestra.

A la hora de hacer las entrevistas no fueron pocos los que nos preguntaron si pertenecíamos a H.I.J.O.S. Ninguna de nosotras tiene ningún familiar desaparecido. El objetivo es ampliar la discusión para que cualquier persona pueda sentir que la dictadura nos pasó a todos.

Milva Benítez, Laura Di Ciano, Zulema Enríquez y Rita Haile 

Porque en este rompecabezas del horror que desde hace 24 años arman los organismos de derechos humanos, las piezas serían infinitamente menores sin ustedes. Probablemente no sería ninguna.

Victoria Ginzberg

La pelea judicial –que hay que dar, no estamos en condiciones de regalar frentes de lucha– sólo tiene verdadero sentido revolucionario si sirve para construir conciencia y poder popular, si no olvidamos que las políticas represivas del Estado son parte de la esencia misma del sistema capitalista, y ubicamos todas nuestras acciones en la lucha por una sociedad justa.

María del Carmen Verdú

En nuestra Argentina, hombres y mujeres protagonizan la otra historia. En puebladas y cortes de ruta, desde La Quiaca a Ushuaia, y en las diversas formas en que la respuesta social se expresa, renace el anhelo de terminar con la injusticia y la impunidad.

Darío Lago

Yo quisiera hablar del aspecto poético de todo esto. Del título de la revista que nos habla de las vidas y de las voces…

Osvaldo Bayer

No nos olvidamos, no nos olvidamos de nadie, ni de los 30.000 desaparecidos, ni de los desaparecidos de la democracia, ni de las víctimas del gatillo fácil.

Rosa Schönfeld

Todo lo que se llame al silencio va a sostener y mantener, producir y reproducir la impunidad.

Liliana Guido

Quiero reivindicar desde nuestra Central la memoria de los 30.000 desaparecidos, 70 de cada cien desaparecidos eran trabajadores, y desaparecieron por eso.

Andrés Núñez

Juicios - Acerca de la justicia y los jueces

“...¿y no es la justicia una perfección humana?” 335 c

“(...) Siguiendo esa misma lógica creía yo que llegaríamos forzosamente a convenir que todo gobierno,(...) no se ocupaba sino del mayor bien de quienes estuviesen sometidos a sus cuidados." 345 d

“(...) todo hombre que ejerce el gobierno, (...) no examina y ordena lo conveniente para sí mismo, sino lo conveniente para el gobernado y sometido a su poder (...)" 324 e

 Dice Trasímaco:

“(...) te encuentras tan lejos de comprender la naturaleza de lo justo y de lo injusto y la injusticia que ignoras que lo justo y la justicia es en realidad un bien ajeno conveniente para el más fuerte y el que gobierna y un daño para el que obedece y está sometido; y que la injusticia es su contrario y ejerce su dominio sobre los verdaderamente sencillos y justos, que mandados hacen lo conveniente para el más fuerte y sirviéndole aseguran su felicidad y no la propia.

Observa, candoroso Sócrates (...)” 343 c, d

extraído de LA REPÚBLICA, Platón (aprox. a.C 375)

400 años antes de la era cristiana ya se discutía sobre qué es la justicia y cómo se administra en el mundo concreto. 

Es evidente que muy lejos del plano absoluto de las ideas, la realidad sigue siendo inasible en su totalidad para el conocimiento humano e indefinible de manera única, más allá o más acá del poder que se tenga para imponer la aplicación concreta de acciones y sus esperadas consecuencias según los términos de la propia interpretación sobre ella.

La categoría justicia sin embargo tiene su andadura histórica y los pueblos le han otorgado el valor que resulta de sus deseos incumplidos; es, desde siempre, la fiel expectativa de una vida armoniosa entre necesidades y satisfacciones. Superando entonces toda ingenuidad idealista y cada especulación justificatoria desde una posición dominante, el sentido común en el tiempo nos muestra que justicia es sinónimo de satisfacción de necesidades, sean éstas materiales o simbólicas. Ellas cuando son reconocidas como tales por las instituciones humanas se erigen en derechos.

De donde, en un marco organizativo de una comunidad, justicia no sería otra cosa que el cumplimiento-satisfacción de los derechos establecidos por sus miembros en acuerdos normativos, más o menos explícitos. Justicia sería el resultado de las relaciones establecidas para satisfacer las necesidades reconocidas entre todos. 

Aquí aparecen dos cuestiones: la necesidad como el sustrato del derecho y la justicia como una relación de fuerzas acumuladas para proteger su ejercicio.

En otras palabras la vinculación directa del derecho con lo concreto, lejos de toda idea absoluta, tanto en su gestación como en su gestión. En tanto, la justicia, como posibilidad de su realización, es una resultante de la aceptación de la necesidad-deseo como existencia y del reconocimiento valorativo de su perentoria satisfacción a partir de los recursos disponibles, como decisión.

Tal construcción define intereses y pone en juego histórico a las fuerzas sociales. La lucha política

es la que otorga el poder para determinar cuáles son las necesidades reconocidas  (los derechos), a quién se les reconoce (ciudadanos) y cómo se garantiza su cumplimiento (organización social).

Esta dialéctica no tiene resolución perfecta ni absoluta en el plano de lo concreto,

por el contrario es un proceso de cambio cuyos estados de mayor o menor satisfacción de las necesidades populares están signados por la potencia con que éstas impongan su valoración en la práctica cotidiana.

En este sentido, los estados de la necesidad de juicio y castigo a todos los culpables del genocidio y de los crímenes sociales y económicos de la dictadura, guardan unidad histórica en sus elementos inseparables con el reclamo de satisfacción ante los crímenes que se continúan perpetrando contra nuestro pueblo sobre la base de la misma impunidad. Tal proceso no es puro ni lineal, ni únicos y absolutos los escenarios en los que se desarrolla.

Leyes, instituciones y jueces son emergentes de una situación de fuerzas. Basta con ver cómo los avances y retrocesos de la movilización popular –bajo el uso de la represión desde el poder y el traicionero doble discurso de la representación republicana (no precisamente democrática)– determinan su actuación. No es la virtud precisamente la que ha movido a los jueces europeos, ni fue ella la que sacudió la servilleta de Corach para que hoy cayeran parados algunos ma-gistrados argentinos. Tampoco fueron los ardores frenéticos de la verdad los que abrieron investigaciones, sino la incontenible presencia del pasado en el presente a través de la memoria histórica de un pueblo que repone día a día a la justicia como exigida satisfacción de necesidades y deseos negados.  

No es el lugar ni el fin de esta nota discutir los modos de poder en la sociedad pero sí al menos dejar en claro su existencia y que su legitimación le otorga forma y extensión a la justicia.

Se trata de exponer a la necesidad como el sustrato del derecho y a la justicia como la posibilidad de su ejercicio en una relación de fuerzas acumuladas (conocimiento-acción) por quienes son sus titulares ante las instituciones de representantes y usurpadores.

Desde allí, en la AEDD sólo confiamos en los movimientos de la conciencia a partir de la presencia concreta de las expresiones del pueblo en la lucha por obtener cada día más justicia (más satisfacción de sus necesidades, más ejercicio real de los derechos universalmente declamados) como única garantía para quebrar la impunidad de los poderosos.

Junto a Trasímaco advertimos a los ¿candorosos? Sócrates actuales que la justicia no es un bien abstracto, perfecto y discursivo espe-rable de la virtud de los hombres ni a posteriori de etapas predeterminadas por dogmas, sino una relación social satisfactoria alcanzable a través del proceso de la lucha política. Ésta va definiendo los marcos concretos para la valoración del derecho de los pueblos y abre las condiciones históricas, siempre a transvasar, para el ejercicio actual de objetivos reales y no para una totalidad absoluta, en consecuencia siempre potencial. 

Para los ex detenidos-desaparecidos: 30.000 experiencias de vida compartidas, una memoria testimonial irreductible, miles de trabajadores ocupados y desocupados en lucha, nuevas generaciones renovando los deseos de felicidad para todos, múltiples interpretaciones y acciones populares en marcha, es lo que construye una realidad con más o menos justicia.

Rufino Almeida

Tantas voces... Roberto Ramírez, el Viejo Guillermo

Platense, arquitecto, docente y con sentido del humor, se sumó a la lucha revolucionaria a través del viejo Partido Revolucionario de los Trabajadores primero y del Grupo Obrero Revolucionario más tarde.

Cuando la noche de Videla, Massera y Agosti se cerró sobre su gran humanidad, en el “quirófano” y la enfermería de El Banco su cuerpo fue un solo moretón oscuro de picana y cadenazos. Su consigna interior: resistir, se le grabó a fuego ante cada voltio, cada golpe con que el Turco Julián y Colores lo lastimaron. Resistió en El Banco, el Olimpo, en el Pozo de Quilmes, en la ESMA. Durante esos tres años fue un ejemplo para sus compañeros de cautiverio.

Tenemos hoy el recuerdo de su mirar dulce y burlón, de su creatividad. Una agarradera en forma de elefante celeste. Una historia dibujada, un retrato a lápiz. Quizá porque admiraba a Héctor Oesterheld, otro desaparecido.

Liberado en el 81 se fue a Suecia, donde siguió su resistencia denunciando el horror, señalando a los verdugos. Sin descansar. Publicó sus poesías valientes y tiernas mientras la represión dictatorial le seguía robando el cuerpo. Pero no pudo con su mente. Por eso las tituló “eso no está muerto, no me lo mataron”.

Susana Leiracha-Osvaldo Barros

Tantas vidas... Luis Allega

Ese día también puso sus manos en mi espalda. Cuando se formaba el “trencito” para que nos llevaran al baño, por los hombros nos transmitíamos sensaciones y esperanzas. Hasta mañana… Tan trivial y mecánica esa despedida en el "afuera", en el Atlético era casi un proyecto de vida, un pacto desafiando la perpetua sombra de la muerte, que terminaba de sellarse con otro apretón: Sé fuerte.

Pero ese día de julio fue distinto. Percibíamos sonidos y movimientos fuera de la rutina. Es que la jaula estaba repleta y ellos –los indultados, los obedientes debidos, los caralavada, los carapintada, los puntual pero no finalmente impunes, los militares– seleccionaron a veinte. Gustavo y su novia fueron de esos veinte. Debieron prepararse para “viajar al sur”. Los recluirían en un penal “por derecha”. Los iban a legalizar –afirmaban–. Juzgados y condenados entonces a largos años de prisión. ¡Tan terrible perspectiva y yo pensaba en ella como si Gustavo fuese a quedar en libertad! En el negro laberinto del Atlético, esa cárcel prometida para décadas quizás, era una salida. Conectarse con la familia. Cartas. Hablar con otros presos, ver sin vendas de dónde vienen los golpes, ver las paredes de la celda, el sol filtrarse por algún resquicio. Ver. Moverse. Caminar los dos metros de un calabozo. Caminar. La condena algún día acabaría, porque en ese “afuera” el tiempo tiene medida. En el Atlético no. Sólo “ellos” –los Suárez Mason, los Roualdes, los Videla, los dictadores– son la medida de todo. También del tiempo.

Abrieron los tubos. Nos pusieron en fila. Yo adelante, sus manos en mi espalda. Se despedía y lloraba. Lo iban a legalizar. Lo llevaban junto a su novia “al sur”. Entraría al mundo otra vez. Ya no más desaparecido… Pero lloraba. Pienso en vos que te quedás… murmuraba, sus manos en mi espalda.

Gustavo Grova, peronista. Yo, Luis, de izquierda. Los dos profesores de secundaria. Deseos y proyectos hermanos pese a las diferencias, compartíamos amigos y sueños.

Junio 1977. Secuestraron a un compañero de mi colegio, siguió la cacería con Gustavo y su novia. Luego me tocó a mí. Nos recluyeron en celdas enfrentadas. En la oscuridad y sin nombre. Sólo una letra y muerte. Yendo en el “trencito” nos reconocimos. Una coraza contra el resto y a esperar el encuentro con su cifrado mensaje de solidaridad y esperanza.

Me pusieron en libertad. Me encontré con los míos. Fui a ver a sus padres queriendo tener noticias suyas. Que le avisaran allá, a la “cárcel del sur”, que estaba vivo y libre. Pero desde su secuestro nada sabían. ¿Penal? ¿Qué penal del sur? Otra mentira de los “obedientes”. La búsqueda volvió a empezar.

Gustavo Grova y su novia siguen desaparecidos. Como los 30.000. Los indultados, los puntual pero no finalmente impunes, carapintada y caralavada, caminan entre nosotros. Las manos de Gustavo en mi espalda me empujan a surcar Plazas en las rondas abiertas de lucha contra el olvido.

¿Lo vio alguna vez? Miara Samuel

Subcomisario de la Policia Federal, legajo Nº 14834

Argentino, 56 años, casado con Beatriz Castillo

Nacido el 17/4/1944

DNI:4.435.693

Hijo de: Fortunato Miara e Irma Ríos

Domicilio actual: Chubut 4437, Ciudadela, pvcia. Bs.As.

Teléfono: paga para no publicar

En razón de su cargo es responsable de: Secuestros, torturas y violaciones.

Apropiación, retención y ocultamiento de menores, falsedad

ideológica en los certificados médicos de los mellizos Reggiardo-Tolosa, cuyos padres continúan aún hoy desaparecidos. Formó parte de la Banda de Comisarios dedicada a secuestros extorsivos

 

Las caras de un represor

 

Capaz de secuestrar, torturar, violar, asesinar, falsear, ocultar, mentir, huir, robar chicos. En diciembre de 1994 quedó libre por la apropiación de los mellizos Reggiardo-Tolosa. Años antes la Ley de Obediencia Debida también le había otorgado la libertad.

“(...) en la otra Argentina, paralela y subterránea, la de pozos y cachavachas, /Samuel Miara/ trabaja con un alias: Cobani.”

 

“Le decían Cobani por el tema del aba-nico. En los años 30, la cana cuando reprimía formaba un abanico. Era como decirle cana. Estaba orgulloso de eso.”

(Daniel M., ex detenido-desaparecido en los centros clandestinos Club Atlético, El Banco, El Olimpo y Escuela de Mecánica de la Armada, entre noviembre de 1977 y octubre de 1980)

“Desde mi celda, yo escuchaba cada tanto el ladrido de un perro, a lo lejos. Era raro, porque cuando nos llevaban al baño, por los ruidos íbamos conociendo la organización del lugar. Bueno, en esos movimientos escuchaba a veces ladrar un perro. Con el tiempo, me di cuenta de que el ladrido coincidía, siempre, con los días en que le tocaba la guardia a Miara y después supe que, en realidad, no era un perro sino un chico judío, cuyo nombre no recuerdo, y con el que Miara se había ensañado especialmente. Venía, lo sacaba de la celda y lo hacía hacer de perro: ‘dame la patita, mové la cola, ladrá hijo de puta’, le decía...”

(Ana María C., ex detenida-desaparecida en el Club Atlético entre junio y septiembre de 1977)

“Otra modalidad delictiva era el acoso y sometimiento sexual de las mujeres secuestradas, como el caso de Laura Crespo (desaparecida) a quien Cobani, en realidad Samuel Miara, presionaba para mantener relaciones sexuales con él, castigando a cadenazos a su esposo de apellido Moya, o imponiéndole estar parada durante días frente a la sala destinada a enfermería, porque ella no accedía voluntariamente.” (Rufino Almeida, ex detenido-desaparecido en El Banco desde el 4 de junio hasta el 27 de julio de 1978)

“Samuel Miara vive cerca de mi casa, yo vivo en Caseros y él vive en Ciudadela. En una oportunidad, pasando de noche por la casa de él, iba en el auto con mi esposo y le pedí que parara porque había visto luz a través de las persianas de la casa de Miara, cosa rara porque las persianas siempre están cerradas y nunca se ve a nadie de la familia afuera. Cuando me bajé del auto, me acerqué a la ventana y vi a uno de los mellizos que estaba viendo tele o con la computadora. Lo mío fue muy rápido porque soy muy miedosa en algunos momentos; tenía miedo de que alguien saliera de la casa.”

(Delia Barrera ,ex detenida-desaparecida en el Club Atlético entre agosto y noviembre de 1977)

Circuito AABO - Primera Parte de luchas y sobrevivencias

–¿Estarán dispuestos a escuchar nuestras historias, incluso si las contamos bien?

–¿Qué quiere decir bien contadas?– salta indignado uno.

–Hay que decir las cosas como son, sin artificios.

La escritura o la vida. Jorge Semprún

En los sombríos años de la dictadura, en Capital tanto como en el resto del país, funcionaron campos de concentración que sirvieron como base material para la detención, tortura, vejación, exterminio y desaparición de personas. Muchos conformaron circuitos: estructuras represivas que coordinaban la detención y desaparición de acuerdo a una lógica operativa. El esquema general del proceso implicó: secuestro-interrogatorio en base a torturas psíquicas y físicas-permanencia en los campos de concentración-resolución final.

El Circuito AABO corresponde a Azopardo, Atlético, Banco y Olimpo. Cuatro centros clandestinos de detención (CCD), cuyo enlace se puede establecer sobre la base de las fechas de su funcionamiento: ante el desmantelamiento de uno de ellos, estaba garantizada la reubicación masiva de los detenidos en otro de estos centros.

 

Estos CCD operaron durante los siguientes períodos: Garage Azopardo: 1976/febrero de 1977.

Club Atlético: febrero/ diciembre de 1977.

El Banco: diciembre de 1977/agosto de 1978.

El Olimpo: agosto de 1978/ enero de 1979.

La complejidad de este circuito hace que en este número de tantas voces tantas vidas, se aborde sólo la primera parte, que incluye las ca-racterísticas, modalidad y respon-sables de Garage Azopardo y del Club Atlético.

 

GARAGE AZOPARDO

Abarca la manzana comprendida por Ingeniero Huergo, Chile, Azopardo y México. Debe su nombre a sus características físicas y a su ubicación geográfica. En este edificio ubicado en el Bajo de San Telmo, perteneciente a la Policía Federal, funcionaba el Servicio de Mantenimiento de Automotores de la Superintendencia de Seguridad Federal (sobre la calle Ingeniero Huergo). Entrando por Azopardo, en el primer piso se encontraba el garage de la Jefatura General donde las “patotas” guardaban y acondicionaban sus vehículos.

A éste se entraba desde la calle Chile. Una  rampa permitía el acceso a la primera planta, donde una pieza de 8 x 4 metros estaba acondicionada para que los secuestrados permanecieran sentados en el piso, engrillados y con los ojos vendados.

Cuando el detenido era introducido en Azopardo, oía una máquina de escribir con la que luego registraban sus datos personales. Una vez realizado este trámite, era arrastrado a la habitación ya mencionada. Allí se producía el primer contacto con los compañeros de cautiverio y las primeras muestras de solidaridad. “Todo lo que te saquen va a ser con la tortura. Ellos no te van a mostrar a priori ninguna información. Al revés, van a jugar a que no la tienen”, recordó Eduardo Lardies –quien permaneció secuestrado en Azopardo entre el 28/11/76 y el 17/12/76– como las primeras pa-labras que escuchó en el campo. Las pronunció Norberto Gómez, médico, secuestrado el 13 de noviembre. Su cuerpo fue entregado a sus familiares a fines de 1982. 

En los pocos momentos en que apenas se podían levantar los tabiques, los detenidos divisaban en el piso las marcas amarillas que delimitaban los lugares para los autos: una cochera había sido cerrada para convertirla en CCD.

Imágenes repetidas en esos momentos eran las botas militares, las pequeñas entradas de luz que permitían distinguir entre el día y la noche, y las pintadas antisemitas que se reproducían en las paredes: “Nacionalismo por la razón o la fuerza”; “Dios, Patria y Hogar”.

En los breves momentos en que Eduardo Lardies pudo levantarse la  capucha, reconoció al torturador Héctor Julio Simón, alias Turco Julián.

 

CLUB ATLÉTICO

Este CCD funcionó en el subsuelo de un Depósito de Suministros de la Policía Federal, ubicado entre las calles Paseo Colón, Cochabamba, San Juan y Juan de Garay, de la Capital Federal. El edificio fue demolido en diciembre del 1977, para construir la Autopista 25 de Mayo; parte de su estructura fue utilizada para el acondicionamiento de otro CCD: El Olimpo.

El Atlético debe su nombre a las iniciales C.A.: para los represores significaba “Centro Antisubversivo”. La dependencia contaba con dos niveles. Al primero se accedía a través de una puerta de vidrio. Allí había oficinas administrativas, donde se podían observar dos escritorios, máquinas de escribir y un teléfono. Eran las “salas de guardia”. Allí, le era asignado a cada secuestrado una letra y un número. “Tu nombre, de ahora en adelante, será K35, ya que para los de afuera estás desaparecido...”, relata Miguel D'Agostino. También estaban los “quirófanos”, la enfermería, cocina, duchas, y el depósito del botín de guerra.

El subsuelo carecía de ventilación y luz natural, muy húmedo y caluroso. Se ingresaba por una angosta escalera que llevaba a una sala provista de una mesa de ping-pong que usaban los represores para jugar. Al costado, una sala de guardia, dos celdas para incomunicados, una pieza de torturas y la “leonera”, una habitación con piso de cemento, dividida en boxes, con paredes de un metro de altura.

Completaban la estructura 41 celdas pequeñas, numeradas, equipadas con camastros de cemento provistos de un colchón fino de gomaespuma y una manta. Las puertas eran de metal y tenían una pequeña mirilla; en el piso había un frasco con lavandina en el que debían orinar los secuestrados.

Los autos entraban por Paseo Colón. Los vecinos de entonces pudieron observar que tras el portón de acceso había una cortina oscura que caía después de que pasaban los vehículos. Tras bajarlos de los coches, los prisioneros eran empujados por la escalera hasta el subsuelo. Allí eran desnudados, rapados y se les retiraban todos sus efectos personales.

El Atlético tenía lugar para mantener desaparecidas a 200 personas simultáneamente. Azopardo, por sus características arquitectónicas y su tamaño reducido, albergó a una cantidad menor de secuestrados. Se estima que por Azopardo pasaron más de 100 víctimas; el Atlético alojó a más de 1.500, dato que se deduce de las letras que precedían al número que identificaba a los detenidos: según los testimonios asentados en la CONADEP, se llegó a la letra X en noviembre de 1977.

 

LAS VOCES DE LOS POZOS

“Quien no estuvo en un campo de concentración, jamás podrá entrar allí, imaginarse lo que significa y quien estuvo, nunca podrá salir del todo.”

Daniel M. (citado en pág. 8)

Hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, embarazadas, heridos y enfermos; para los militares todos eran sospechosos. Ellos sólo creían en la “verdad de los quirófanos”. Esto explica que los CCD hayan sido, además de lugares de exterminio, centros de tortura, terrible experiencia que formó parte del cotidiano transcurrir de los secuestrados.

El primer objetivo era el ablande, misión que desempeñaba cualquier integrante del grupo represivo, en forma indistinta. La segunda instancia estaba a cargo de personal “especializado” y entrenado para torturar.

La vida dentro del campo y las sesiones de tortura estaban planificadas para llegar a la destrucción y denigración del cautivo. Al punto de que un ex represor del circuito AABO reconoció, refiriéndose a los secuestrados: “Antes que nada, los hacíamos sentir como cadáveres”. Ésta era la lógica, pero en cuanto a métodos, existía una muy variada gama de implementos utilizados para el tormento: shock eléctrico, picana, asfixia, palizas, insultos y agresiones antisemitas, violaciones y simulacros de fusilamiento.

La cotidianeidad también contribuía a la destrucción de la personalidad y de la identidad del secuestrado. Eduardo Lardies cuenta que la salida al baño era cada dos o tres días: los llevaban encadenados y los hacían pasar de a uno mientras los manguereaban. En cuanto a la comida, apenas sobras que cada dos días llegaban en grandes tachos. Eduardo dice: “Lo que pasábamos era hambre, de pronto había mucha comida, pero se acababa y no había por mucho tiempo. Esta situación era controlada por ellos”.

En el Atlético: “Mientras nos bañabamos, de espaldas a la entrada del baño, estaban los guardias que se burlaban o hacían comentarios respecto de nuestros cuerpos”, recordó Delia Barrera y agregó que debían “estar siempre tabicados y no hablar, de lo contrario éramos castigados”.

El responsable del Atlético era el Comisario Antonio Benito Fioravanti (fallecido en 1985), alias Tordillo, Coronel o De Luca, quien dedicaba largas horas a hablar con los secuestrados. Los inte-rrogaba sobre la familia y en torno a los planes que tenían si salían en libertad. Esta política tenía un fin específico: crear falsas expectativas para reducir los intentos de suicidio y desalentar toda idea de fuga. Aquí se esbozó una política que, a me-diados de 1978 se perfeccionó y desarrolló en otros campos.

 

–¿Cómo está la flor del Jardín?

–Marchitándose.

Este diálogo se dio entre Delia Barrera y Fioravanti, días después de que su esposo, Hugo Scutari, fuera “trasladado”. Entonces, El Coronel alentó las esperanzas de Delia diciéndole que Hugo estaba en una granja de recuperación.

A pesar de todo lo descripto, en los campos hubo distintas formas de resistencia y solidaridad. Eduardo Lardies vio como una compañera “se había soltado y estaba haciendo pases de baile”. Delia decidió señalar los días de horror: “A mí no me van a hacer perder la noción del tiempo –se dijo–. Desde el día en el que caí iba marcando con los dedos y después en la pared de la celda con la cuchara. Era una manera de resistir”.

 

NO ME ABANDONES

“Bajo tierra, en un submundo lejano a lo real, cumplí 23 años pero cada día que pasaba ahí iba sumando años. Cuando salí era una joven-grande, maduré de golpe, dejé no sólo noventa y dos días de mi vida, en ese mundo quedaron mi sonrisa espontánea, mi poder de asombro y mi confianza.”

Delia no volvió a ser la misma. Actualmente sigue sufriendo las consecuencias traumáticas de aquel infierno: “Me costó mucho salir del campo, aunque todavía no salí. Mi marido se enoja porque voy al baño y no prendo la luz. No puedo entrar a mi casa con total oscuridad, dejo que entren todos y prendan las luces. El campo lo tengo metido muy adentro.”

En cambio para Eduardo, las imágenes que vuelven a su memoria son los actos de resistencia como el intento de fuga del Gaucho Garín y la escena desconcertante de una chica bailando en la celda. Él afirma que “no hay un volver al lugar”.

Las historias de ambos se cruzaron en la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, en busca de juicio y castigo contra quienes llevaron adelante el genocidio de miles de luchadores populares. En 1997 Delia acompañó a Eduardo a tramitar su pasaporte al Centro de Documentación de la Policía Federal, el mismo edificio en el que estuvo secuestrado. “Fue un momento de mucha conmoción, era estar en el mismo lugar por primera vez, porque no había vuelto. Estaba llegando a hacer el trámite del pasaporte, para ir a declarar ante Garzón, por lo que allí había sucedido.”

En 1998, una marcha unió los dos CCD, recorriendo las calles de San Telmo y haciendo un alto cada vez que se llegaba adonde habían vivido los compañeros desaparecidos en ese barrio.

En la actualidad, mientras que el Altético está identificado como un CCD con un tótem de figuras metálicas, siluetas de los compañeros que van hacia arriba con los brazos abiertos –destruido por la “mano de obra ocupada” y siempre reconstruido–, en Azopardo nada señala que allí funcionó un campo de concentración.

Lograr que esto no sea ignorado por quienes transitan esas calles es una de las tareas que llevan adelante Delia y Eduardo junto a otros compañeros de la AEDD, enfrentando la impunidad y el olvido. Esta lucha coincide con las últimas palabras que Hugo Scutari le dejó a Delia, antes de ser trasladado**: “Sé fuerte, no me abandones”.

Hasta el día de hoy, esas palabras son un compromiso de vida, por Hugo y por todos los otros detenidos-desaparecidos.

Milva Benítez,

Zulema Enríquez, Laura Di Ciano

 

* Jardín: otra denominación que se le dio al Club Atlético.

** Eufemismo utilizado por los represores para referirse al asesinato de los prisioneros.

 

INTENTO DE FUGA

Delegado de Propulsora Siderúrgica, y secretario General de la CGT en la Resistencia, Arturo Garín, el Gaucho, era muy buscado por la “patota” de Garage Azopardo.

“Sentimos la caída del Gaucho porque los tipos vinieron exultantes porque habían capturado, nada menos que al secretario general de la CGT en la Resistencia. El Gaucho llega al campo con un golpe muy fuerte en la cabeza, en estado de coma. A pesar de eso, lo mandan directamente al cuarto de tortura e intentan reanimarlo pero sin éxito.

Horas después, para sorpresa de todos, se produce un gran revuelo. En realidad no estaba en coma, lo había simulado (...). En un momento lo dejan suelto en la camilla, desnudo y el guardia que lo vigilaba se había dormido (...) Garín agarró un cuchillo para partir en busca de la salida. Buscó un vehículo, subió, lo hizo arrancar. Intentó buscar la salida y desgraciadamente no la encontró. Lo capturaron pero ya había ganado el tiempo suficiente que necesitaba. Ahí terminó la cadena de caídas de la conducción de la CGT. Dos días después se lo llevaron.

Relato de Eduardo Lardies

Cadena de Mandos de la

Zona 1 Subzona Capital

Comandante I Cuerpo de Ejército

general Carlos G. Suárez Mason (1/76 a 1/79)

2º Comandante general de Brigada Jorge Olivera Rovere (2/76 a 12/76)

General de Brigada José Montes (12/76 a 12/77)

Represores que actuaron en Garage Azopardo y en Club Atlético:

Rául Guglielminetti (mayor Guastavino)

Héctor Julio Simón (Turco Julián)

Lapouyole (el Francés)

Alfredor Auliú (Tiro Loco)

Ricardo Bogado (Boca)

Domínguez (Facundo)

Horacio Donatti,

Donocik (Polaco Chico)

Pedro Santiago Godoy

Juan Carlos Gómez

Héctor Mark

Mazzoni

Ricardo Scifo Módica (Alacrán)

Juan Antonio del Cerro (Colores)

Ecklund (el Alemán)

Juan Carlos Falcon

Eduardo Kalinec (Doctor K)

Luis Martínez (el Japonés)

Relatos - La escritura frente al abismo

Nacieron en Bahía Blanca. Creyeron y aún creen en la necesidad y la posibilidad del cambio. Tres compañeros que fueron atravesados por la represión que asoló la zona sur de la provincia de Buenos Aires y la Patagonia, bajo el mando del Vº Cuerpo de Ejército.

Tanto La Escuelita como la cárcel de Villa Floresta constituyeron un circuito de distribución de detenidos-desaparecidos. Su funcionamiento ratifica que la desaparición fue una política de Estado, que combinó lo legal y lo ilegal, lo público y lo clandestino.

Hoy Patricia, Congo y Chiquito recorren el camino de la lucha por la justicia, reivindicando todo lo que tienen de vivido y todo lo que tienen de perdido, con mucho para transmitir, mucho para denunciar.

 

Patricia Chabat

 

“Conocí a Carola a través de su madre, Esperanza Martínez. Por el 77 tendría 8 ó 9 años. Esperanza era la compañera de Darío Rossi, secuestrado, torturado y muerto por el Vº Cuerpo de Ejército. Nunca me olvidaré de ella. Estando detenida en la cárcel de Villa Floresta, venía hacia mí caminando como un fantasma; flaca como un pajarito, los ojos perdidos, desencajados cuando me dijo: ‘Me mostraron una lista, me pareció ver el nombre de Darío con una raya al costado, me pareció una cruz’. Ya no podría engañarse a sí misma, y abrigar una esperanza. Pensando en Carola surgió este relato.”

Así precede Patricia su cuento El Viejo Mario, “uno de los que les fui contando a mis hijas, y que ahora trato de recuperar", dice: "Supe después, con el tiempo, que el escribir siempre fue un mecanismo de defensa que me fue permitiendo sobrevivir a determinadas situaciones y conectarme siempre con la vida.” El recuerdo de la cárcel, de sus compañeras, y los recursos a los que apelaban para que ella pudiera escribir, conmueven en el relato de Patricia, por todo lo emocional que de ella se pone en juego.

“Desde 4º, 5º año de la secundaria comienzo a conectarme con la política, en 1975 empiezo gradualmente a militar en la Juventud Guevarista.” Secuestrada el 14 de diciembre de 1976, estuvo quince días en La Escuelita. El campo de concentración estaba en esos momentos a cargo de Santiago Cruciani, que entonces se hacía llamar Oficial. Operaba también bajo el alias de El Tío. Para Navidad fue trasladada a Villa Floresta, una cárcel “legal” donde estuvo un año y nueve meses. Cuando llegó, la libertad de entrada no fue libertad: soportó “tres meses de arresto zonal, lo que me permitía estar en casa con permiso para salir, pero presentándome cada 48 horas en determinada comi-saría, para demostrar que no había salido del lugar”.

De esos tiempos Patricia subraya que fueron largos y difíciles. “De un momento para otro no pude seguir escribiendo. Hasta que en 1998, cuando tomo contacto en Bahía con el fiscal Hugo Cañón para presentar mi testimonio antes de que comenzara el Juicio por la Verdad, ya de vuelta en casa, parece mentira…, pero me puse a escribir.”

“Los dioses infernales han deliberado. Abruptamente despegan las manos fraternas, arrancan las cuerdas de las muñecas. Artífices de un obsceno alumbramiento, frente al otro cuerpo sentencian: ‘Pendeja naciste de nuevo’", cuenta escribiendo. Y sigue: “Estos mons-truos han podido quemar, romper, enterrar, pero no han podido hacer desaparecer los restos de humanidad. Fueron suficientes dos manos frente a un abismo”.

Y lo verificó cuando hubo de cruzarse con uno de los monstruos. En una audiencia del Juicio por la Verdad, citado por la Cámara Federal de Bahía Blanca, el militar Julián Corres, en ese momento Jefe del Destacamento de Inteligencia XI de Río Gallegos, reconoció que durante la dictadura militar había respondido al apodo de Laucha. En el contundente testimonio que Patricia, poco después, desgranó frente a los jueces citó reiteradamente al Laucha, uno de los “dioses infernales” de La Escuelita, sin saber que ese “dios” ya tenía nombre y apellido. Cuando el fiscal Hugo Cañón le hizo saber que ese hombre estaba a pocos metros, pues la Cámara había ordenado un careo con el ex soldado Taranto, Patricia se conmocionó. Entre paralizada y sacudida, cuando recuperó el habla dijo: “Quiero verlo”. Saber cómo es. Ver la cara de su torturador.

“Un rato antes me sentía casi descompuesta, tenía taquicardia, me costaba respirar. Al verlo entrar a la Audiencia, no sé por qué pero de pronto me tranqui-licé. Estuvimos mirándonos todo el tiempo. Tenía una mirada muy particular. Si me hubiera podido matar, lo hubiera hecho. Pero yo ahora podía mirarlo y podía hablar. Pero él, al amparo de su impunidad, se retiró del Tribunal.” Corres se negó a ser careado con Taranto. También con Patricia.

 

El Laucha salió de la sala impune, mientras lo insultaban quienes asistían a la audiencia, como Congo y Chiquito.

“La escritura es el lugar donde yo me encuentro” –recalca Patricia–. “Aparecen de la realidad cosas dormidas. Siempre me ayudó poner en palabras cosas que no me puedo decir, y cuando no lo hago, siento que me falta el aire.” Justamente, tal vez sean estas palabras las que expliquen su-tanto-tiempo de permanecer ahogada, encerrada en sí misma. Escribir es, entonces, recuperar el decir, desahogarse y comenzar a ser de a poco, gradualmente (como al iniciar su militancia), verdaderamente quién es: alguien que ha sobrevivido varias veces, aunque quizá de maneras distintas.

“Escribir también es sentir que están los compañeros, con quienes tengo eso tan especial que es la vida… Porque dan luz a un gran agujero negro que todavía llevo adentro, en el que de a poco voy descubriendo la cantidad de cosas que aún contiene. Son mi referencia, y cuando estoy con ustedes siento que es ahí adónde yo pertenezco, que hay vivencias, esas intransferibles, que sólo puedo compartir con ustedes…”

 

Oscar Bermúdez, Congo

 

La primera experiencia social fuerte y conmovedora, que todavía hoy lo impacta, comienza cuando estaba en el secundario, en el Colegio Don Bosco. “Pude ‘visitar’ la pobreza y la marginalidad social de los barrios carenciados, con el cometido cristiano de aliviarla y compartirla. Sentí que la injusticia me atravesó el cuerpo”, afirma. Su ingreso a la Universidad en el 69 coincide con el Cordobazo, “ese cimbronazo en donde un pueblo entero se paró para decirles basta a los mi-licos y a la entrega. Ese quiebre de la historia que se nos metió hasta los huesos a todos los jóvenes que nos hizo mirar hacia el Che y los procesos de liberación que se desarrollaban en América Latina. Que nos hizo sentir protagonistas auténticos de una espe-ranza cierta de cambio social, que nos hizo sentir revolucionarios, querer construir valores para serlo. De querer ser mejores personas y comprometidos sujetos sociales. De acariciar un paraíso posible alrededor de una dilemática: liberación o dependencia, explotación o justicia social”.

Eligió su camino militante en el Peronismo de Base. Consideró que esa organización sustentaba concepciones que buscaban una correcta síntesis entre el análisis teórico y la práctica política, que examinaban críticamente lo que para muchos en ese momento era incuestionable. “Nunca fuimos cultores de la ‘obediencia debida’ y de los verticalismos en nuestra práctica. Y así transcurrió mi militancia…”

En abril del 75, el gobierno de Isabel Martínez ordena la intervención de la Universidad Nacional del Sur. Su ejecutor: Remus Tetu, el “ex colaboracionista nazi rumano”, explica Congo, que en ese entonces estudiaba, trabajaba y militaba política y gremialmente en la universidad. “Lo habíamos expulsado mediante un juicio académico en el 73 por no tener título de sociólogo y haber sido en la dictadura profesor titular de Sociología con el cobijo del poder militar. Y volvió como interventor en abril del 75, época en la que ya habían comenzado los secuestros y asesinatos de la Triple A. Tetu se nutrió de una guardia pretoriana que conformó con los matones de la CGT de Rodolfo Ponce, su eterno secretario. También estaban Sañudo y Argibay.”

Tetu expulsó de la Universidad a todos los sospechados de “activismo” escudado en la “ley de Seguridad” o “ley antisubversiva”. Entre ellos a Congo. Después de que la patota armada de Tetu cayó en su lugar de trabajo, se fue a Viedma. “Allí viví los tiempos del golpe del 76, hasta que me secuestró la Federal, el 1º de enero de 1977, con el comisario Forchetti a la cabeza, para entregarme al Ejército, que me transportó hasta La Escuelita.”

En el 76 había llegado al comando del Vº Cuerpo el general Acdel Vilas, que venía de secundar al general Antonio D. Bussi en el Operativo Independencia, el sello con que se conoce al inicio del aniquilamiento de las fuerzas populares en Tucumán ordenado por el gobierno de Isabel Martínez. “En esta etapa fue crucial el apoyo de la prensa –inventaría Congo–. La Nueva Provincia apoyaba la misión de Vilas, Azpitarte, Catuzzi, y los saludaba como ‘los nuevos libertadores, comparables a San Martín’.”

Si la escuela representa el espacio de socialización de la ideología dominante hacia el conjunto del colectivo social, en su interior también se detectan las luchas reflejo de aquellas que se disputan en el resto de la sociedad.

Por eso, llamar “Escuelita” al horrendo campo de concentración que se situó en los terrenos del mismísimo Comando del Vº Cuerpo de Ejército (por sinonimia con el edificio escolar que se usó en Tucumán para torturar, la Escuelita de Famaillá) es apropiado.

Y si es cierto que la verdad es un terreno de lucha en el que cada contendiente intenta desplegar su visión del mundo, en La Escuelita se intentó forjar a perpe-tuidad el proyecto militarista. “Y a la manera de una escuela que reproduce valores e intereses de las clases dominantes, se quiso socializar en ese proyecto a quienes estuvieron allí y fueron dejados con vida, y a los que más cerca o más lejos, sabían de su existencia.”

Para este “proyecto escolar” se reunieron las tres fuerzas armadas; una clase media alta y muy sólida; la CGT de Bahía Blanca; la única prensa existente –que no sólo ocultaba la verdad de lo que ocurría, sino que acompañaba a los mi-litares en su tarea de exterminio y silen-ciamiento–. Y también la Iglesia del arzobispo Mayer, que además de tapar el asesinato de los propios curas bahienses, expulsaba a los familiares de los desaparecidos que iban a buscar ayuda, y permitía que sus cape-llanes “asistieran espiritualmente” a los recluidos en La Escuelita.“Justamente fue esta Escuelita la que enseñó a los de afuera qué había que callar, mientras asesinaba y torturaba a quienes eran llevados allí, a los que inútilmente intentó quebrar política y moralmente.”

Algunos éxitos consiguieron, considera Congo. Una sociedad temerosa, amordazada y esquizofrénica.

Aunque también está lo otro: la lucha por la memoria, por la verdad y la justicia.

Y en contra del olvido y el perdón. Y eso también lo enseñó La Escuelita.

“Por todo esto, dos días después de salir de la cárcel de Rawson, en diciembre del 78, denuncié ante el obispo Jaime de Nevares, de Neuquén, lo que había sucedido con Darío Rossi, y muchos más. Sirvió para que la Cámara Federal de Bahía Blanca dictara el procesamiento por homicidio calificado a tres ge-nerales del Ejército, que luego desactivaron las vergonzosas leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Por eso también quise denunciar al torturador Corres, el Laucha, actual oficial del Ejército, cuyo rostro y perversidad no se borrarán nunca más de mi memoria.”

Chipi Palmero

 

Eduardo Chiquito Hidalgo

Mide casi dos metros. Por eso le dicen Chiquito. Desde esa altura, todavía hoy insiste: “Siempre me pregunto por qué no se fue, qué se le habrá cruzado por la cabeza para no irse. No entiendo”. Habla de su hermano, Daniel, perseguido por la “patota” de la CGT de Bahía que operaba asociada a las Tres A. Daniel militaba en la Juventud Universitaria Peronista y estudiaba ingeniería; después de que la Universidad Tecnológica fue tomada y arreció el acoso, abandonó la Facultad y se puso a trabajar. Los hermanos, entonces, perdieron contacto.

A principios de agosto Eduardo fue secuestrado. Tiempo antes había firmado la garantía de alquiler de un departamento para unos compañeros de Daniel. Poco duraron allí, pues por una denuncia tuvieron que abandonarlo rápidamente.

Chiquito fue recluido durante quince días en el Galpón de Parchape. Allí lo inte-rrogaron sobre Daniel y sus compañeros. En el mes de octubre recibió una carta de su hermano, e interpretó que esto confirmaba su deseo: que Daniel y su compañera Olga Souto Castilli, Chela, se habrían ido de la zona. Les escribió un deta-llado informe de su cautiverio y del interrogatorio al que lo habían sometido.

El 9 de noviembre lo secuestran nuevamente. Entre sus captores estaba el Laucha. Lo llevan a La Escuelita y mientras lo torturan le leen fragmentos de la carta que le había enviado a su hermano. Escucha, también, un informativo radial: se había producido un enfrentamiento en el domicilio de su abuela. El 14 de noviembre Daniel y Chela fueron acribillados allí. Esa misma noche secuestran a sus padres. Estuvieron diez días en el gimnasio del Vº Cuerpo de Ejército.

Chiquito circuló entonces por varios penales: Villa Floresta, U9 de La Plata, en agosto del 78 nuevamente Villa Floresta, desde donde fue puesto en libertad en diciembre, cerca de la Navidad. Tampoco para él la libertad fue libertad: vigilado hasta diciembre del 83, el grupo de tareas no dejó, de tanto en tanto, de allanar su casa.

Se había acercado al peronismo a mediados de los 60, aunque no llegó a integrar agrupación u organización política alguna. En el 86 se sumó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de Bahía Blanca, donde junto con Ernesto Malisia no cesa en su lucha por la vigencia de los derechos humanos y por el juicio y castigo a todos los culpables de crímenes contra el pueblo.

Entrevista - La murga de los renegados

Colgado de su espalda lleva un enorme bombo rojo,

distintivo de murguero. Es el guía de esta historia.

Lino tiene 41 años, es docente y músico profesional. Su historia, la verdadera, la historia de Tocando Fondo empieza en octubre de 1995, por una separación de tipo ideológica con los Farabutes del Adoquín. TF nace sin director porque no estaba de acuerdo con ese rol; hoy en día una gran cantidad de murgas y agrupaciones carnavaleras (como alguna comparsa de candombe de Uruguay) tienden a suplir el lugar de director por un estado de asamblea. Con el tiempo TF se fue fijando algunas reglas surgidas de la asamblea: no cobrar las actuaciones, por lo tanto no ir a fiestas privadas, casamientos o cumpleaños; ni colaborar con partidos políticos. El nombre Tocando Fondo surge de la canción de Silvio Rodríguez, la letra representa el estado de ánimo de aquellos murgueros que iniciaban su propio espacio.

 

Origen

En el Río de la Plata las raíces parecen ser las comparsas de los carnavales. En algún momento aparece el bombo con platillo y junto con otro tipo de desfile, se genera la escisión. Las comparsas desfilan con ca-rrozas, en cambio la murga se instala con su bombo con platillo, el traje de raso (pantalón, levita, y galera), un paso armado sobre el descalabro (ese temblor que da la imagen que el murguero se va a desarmar). Es la murga porteña.

 

El espectáculo se divide en tres partes: canción  de presentación, crítica –bajada de línea pero a través de una canción, a través del humor, uno de los murgueros se disfraza de algo: un personaje político, un símbolo (en su momento fueron el Viagra o La Patota)– y salida. 

 

Con las inmigraciones de la presidencia de Roca primero y de Yrigoyen después también se nutrieron las murgas; traen sus propios festejos de Carnaval, sus instrumentos: tubas, trompetas, etc.

 

–¿Cuál es la forma de organización interna de TF?

–Es un proceso rotativo, hay un encargado de maquillaje pero cada uno se pinta a sí mismo, por lo general prima un estilo fileteado; otro es el encargado de llevar el estandarte, un banderín gigante con el nombre de la murga, con lentejuelas: debe sobresalir el nombre de la murga; otro es el bombista, que es muy importante, no cualquiera lo es, el bombo es el corazón de la murga. También hay un grupo de canto: si bien se define que todos sepamos las canciones, en el momento de las actuaciones nos hemos comprometido a tocar afinado, se tiene que escuchar, entonces hay un grupo que ensaya aparte; y la Primer Fila, que son quienes en el desfile van adelante, tienen que saber el desfile perfecto.

 

Compromiso

Los martes y viernes, al atardecer, en el centro de Plaza Moreno es Carnaval. Galeras, levitas y pantalones amarillos y negros con lentejuelas parecen el uniforme del momento. Más de treinta personas –de todas las edades– caminan, parecen caerse, se levantan, saltan y vuelven a empezar. El bombo que suena parece ser el sonido de todos esos corazones juntos, el platillo mueve hombros al ritmo de la rumba.

 

–Existe un vacío que origina la actual situación social producto del escepticismo de la gente hacia este sistema que produce la alienación del trabajo, el descreimiento de la idea de progreso como un beneficio, entre otras cosas. Con la murga nos volvemos a encontrar a partir de la alegría, en el ámbito del Carnaval, que es una fiesta basada en la felicidad, y así empezamos a encontrar lazos de solidaridad.

 

Esta creencia no la practican con ideales, sino en hechos concretos.

–Nosotros creemos en la libertad, TF adhiere a la lucha social vigente en el pueblo. Hace 25 años se luchaba contra la dictadura, hoy es la represión policial y el gatillo fácil. La amenaza es la globalización: parece que el que no la sigue queda afuera, pero en realidad el que la sigue también va a quedar afuera.  Siempre estamos –infaltables– con la lucha de Rosa Schönfeld (madre de Miguel Bru) víctima del gatillo fácil, a pedido de ella siempre vamos primeros en la marcha. También participamos con HIJOS; en la lucha por la educación pública, entre otras actividades. Una vez se cerró un comedor municipal en Los Hornos y una vecina lo abrió en su casa, pero no tenía comida, entonces se hizo un festival y se unió el rock and roll con la murga; la entrada eran alimentos no perecederos. Todo lo que agrede al pueblo desde el sistema, que niega la educación pública y gratuita, que niega el trabajo y que quiere un pueblo ignorante, sordo y mudo no queremos que suceda, por eso vamos a las marchas, por eso nuestras actuaciones y las letras tienen siempre que ver con eso, siempre desde el Carnaval.

 

–¿Qué es el Carnaval?

–Una fiesta que parece que los seres humanos nos hemos puesto de acuerdo para festejar en todo el mundo. Es una radiografía de la sociedad, un encuentro, un juego donde no hay distinciones de clases sociales, inclusive hay un juego permitido de agresión oculta, a través del agua, del papel picado, de la nieve artificial. El poderoso es sometido, el sometido es poderoso, el hereje es cura, el hombre es mujer. Todo eso es una válvula de escape que libera presión en un momento del año, donde todo se iguala, frente a todo lo que te oprime. 

 

–¿La murga es un lugar de militancia?

–Sí. El Dios Momo, el Carnaval y la murga como agrupación carnavalera me permiten luchar, frente a la militancia partidaria que no representa. Gracias a la murga descubrí que el arte –y en sí la música– es un derecho de todo ser humano. La murga es un lugar de militancia desde la alegría como construcción, no en un sentido hedonista o individualista. A partir de la alegría se puede construir, reflexionar y luchar. Y yo eso lo conseguí con esta murga, TF, que es la que más me cabel

Lisandro Gambarotta

Fotos: Rita Haile

En el medio sin medios - Empezando a construir

Desde el 15 de diciembre del año pasado, en la sociedad de fomento Martín Fierro, ubicada en las calles 451 y 27 de City Bell, comenzó a funcionar un comedor infantil, financiado y a cargo de un grupo de empleados de la Secretaría Electoral División Femenina, dependiente del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, cuyas oficinas funcionan en la calle 40 Nº 431 de La Plata.

Desafiando el estereotipo de “poco compromiso” que pesa sobre el empleado público, el personal de dicho establecimiento (133 personas) colabora con el comedor a través de una ayuda económica voluntaria de monto fijo. Trece de los empleados participan de manera activa en este trabajo barrial.

La actividad generó reacciones positivas dado sus características, pues surge en un lugar de trabajo, específicamente en un ámbito como el judicial, muchas veces catalogado de conservador.

Al comedor concurren 15 chicos de entre 2 y 13 años, con carencias alimenticias dado que sus padres sufren la falta de trabajo y la consecuente exclusión social a la que esta situación los lleva.

En este barrio, como en tantos otros, alguien vio la necesidad de estas familias y pensó en el comedor como una de las alternativas para intentar combatir esta situación. Se trata de Isabel Molina, quien actualmente se desempeña como vicepresidenta de la Sociedad de Fomento.

En el momento en que Isabel se propuso abrir el comedor las posibilidades de lograrlo eran ciertas, debido a la presencia de los punteros políticos ba-rriales, interesados más en el futuro rédito electoral de esta acción que en las necesidades concretas de los niños.

Ante este panorama, decidió esperar hasta que surgiera una propuesta acorde a lo que el barrio necesitaba.  Fue así como un día, a través de un empleado de la Secretaría Electoral Femenina que trabajaba dando clases de fútbol en la Sociedad de Fomento, Carlos Gil Adamo, se presentó la firme posibilidad de dar rienda suelta al sueño del comedor. Todo esto había comenzado tiempo atrás...

 

Del paro a la organización

A raíz del último paro convocado por la CGT disidente, liderada por Hugo Moyano, el 23 y 24 de noviembre pasado, algunos empleados de la Secretaría Electoral se reunieron en asamblea para discutir la actitud a tomar frente al paro. Desde ya era difícil acordar las decisiones, pero un grupo, entre los que se encontraban Victoria Maimone y Hernán Olivera, planteó una clara posición: no estaban de acuerdo con el ajuste pero tampoco con quienes convocaban al paro.

El desacuerdo con los puntos anteriores era evidente pero faltaba decidir qué hacer frente a esta postura. Es así como se buscó la respuesta por el lado de la solidaridad, a pesar de que Hernán cree que esto “saltó porque hay mucha  gente a la que le queda gordo el tema de la protesta”.

 

En un principio, la idea del  grupo fue apoyar económicamente a algún comedor de la ciudad de La Plata. Así apareció la propuesta de la Sociedad de Fomento Martín Fierro de la mano de Carlos, el profesor de fútbol, y el apoyo no fue sólo económico. Algunos de los que tomaron la iniciativa comenzaron a participar activamente, haciéndose cargo de las ta-reas que demandaba el funcionamiento del comedor.

Esto permitió que ambas inquietudes, la del grupo de “empleados de calle 40” (como ellos mismos eligieron nombrarse) y la del barrio de City Bell, se unieran para empezar a construir la realidad de lo que hoy es el comedor infantil y un proyecto que tiene esperanzas de seguir creciendo.

Las ilusiones y las ganas de trabajar son muchas y se resumen en el ideal de que de aquí a dos años la gente del mismo barrio se haga cargo del comedor y entonces el grupo de jóvenes de la Secretaría podrá acercarse a otros medios (barrios) u otras problemáticas, para hacerles frente con la misma voluntad que día a día, los acerca al comedor de la calle 451.

 

De la organización al cambio

“Individualmente no podemos hacer nada”, fue la reflexión de Hernán cuando nos hizo referencia a la necesidad de convocar tanto a un grupo de profesionales como a las mismas familias para que el proyecto continúe en forma conjunta.

Actualmente, de los 15 chicos que concurren al comedor sólo pudieron acercarse cuatro familias, a pesar de que el grupo contempla actividades para convocar a los padres, pues las dificultades son muchas. Es el caso de una mamá a cargo de 7 hijos que si bien lo ha intentado, cuenta con escasos momentos para trabajar codo a codo con los impulsores del proyecto.

El otro objetivo es empezar a vincularse con trabajadores sociales, psicólogos y maestros, profesionales que sepan manejar los recursos y puedan sanear el error que se cometió en los inicios al desconocer las condiciones generales del barrio, por una cuestión de ganas y de voluntad.  El encuentro con los profesio-nales reveló que ellos habían empezado al revés: “No sabíamos si la gente del barrio necesitaba con mayor urgencia una sala de primeros auxilios antes que el comedor”, explicaron.

Estos encuentros en torno al comedor están generando nuevos horizontes. El objetivo también es aprender a trabajar en grupo generando el espacio barrial, función en la que el contacto con los profesionales se torna imprescindible.

Precisamente, que el grupo de trabajo se encuentre en una instancia de plena organización hace necesario tomar medidas para afianzarse. Esto permitirá profundizar el trabajo barrial, cuyo futuro inmediato es brindar apoyo escolar a los niños del barrio.

Justamente, ésta es la doble tarea que espera al grupo de la Secretaría Electoral: consolidar el trabajo comunitario, aceptando sus propios límites, apren-diendo a delegar tareas y  generando, así, espacios de participación.

 

Zulema Enríquez, Laura Di Ciano, Milva Benítez

Fotos: Rita Haile

 

COMEDOR

Funciona de lunes a viernes, de 17 a 21:30

Vacaciones: merienda y cena

Año escolar: cena

Grupo de trabajo: Aproximadamente 15 personas, con la colaboración de amigos

y familiares.

Para comunicarse: llamar a la Junta Electoral Femenina - La Plata

e-mail: asuncion@infovia.com

Polémicas - Tentaciones

 Cuando parimos el número 1 de TANTAS VOCES, TANTAS VIDAS dijimos que la revista nacía como fruto de un intercambio, con el deseo de que sea terreno de reflexión, de debate y crítica, pues “como la última palabra no la tiene nadie, la idea es que la construyamos entre todos”. Así es que inauguramos nuestra sección “Polémicas” con estas líneas, anotadas al compás de procesar lo compartido con otros orga-nismos de derechos humanos en el terreno de la lucha, de la construcción, de la acción; en su desarrollo histórico y en el presente. Una relación no siempre armónica, muchas veces coincidente, otras tantas conflictiva.

 

I.Partamos aclarando/nos que creemos necesario deshacer varios equívocos.

Uno es el que reduce los organismos de derechos humanos a los que se formaron para enfrentar al Estado terrorista inaugurado el 24 de marzo del 76. Pero antes de ese golpe ya existían organizaciones que sumaron ésa a luchas previas. También hay otras que por situación o razones biológicas se constituyeron más tarde. ¿Situación? Es nuestro caso: durante la dictadura estábamos secuestrados en campos de concentración y/o resistiendo desde agrupaciones políticas y sociales. Y los hijos de los asesinados, desaparecidos, exiliados, presos, represaliados, se constituyeron desde esa identidad cuando crecieron como para asumir este compromiso. Pero hacia ambos suele establecerse una distancia respecto a los llamados “organismos históricos”. Esto no sería pro-blemático si no conllevara a veces su exclusión –por acción u omisión– del análisis y discusión de cuestiones que por su naturaleza, deberían incluirlos.

Asimismo, ni las violaciones a los derechos humanos concluyeron el 10 de diciembre de 1983, ni abarcan exclusivamente las secuelas de la dictadura. Tal como señaló María del Carmen Verdú en la presentación de tantas voces... tantas vidas: “Si sólo el Estado puede ser el sujeto activo de una violación de los derechos humanos, entonces la línea divisoria entre el delito común, que implica una violación al derecho subjetivo y que se sanciona con el Código Penal, y la violación al derecho humano, que compromete, ofende y lesiona a la humanidad toda, está dada por la intervención del Estado como autor”, y por la transformación de esa conducta en política de Estado.

Incorporar estas reflexiones puede servir/nos para no dejarnos tentar por la feudalización y el anquilosamiento temporal. Esa tendencia a actuar como si algunos tuvieran exclusividad o primacía para encarar acciones, formular declaraciones, generar debates en torno a los crímenes cometidos por la dictadura, a la lucha contra la impunidad, a la construcción de la memoria. Y que sólo estarían legítimamente habi-litados quienes “acrediten” equis antigüedad en esto.

¿Por qué no ensayar una mirada más abarcadora, inclusiva de los que, respetando la experiencia y el compromiso de los otros, se suman con la honesta decisión de aportar a una búsqueda común? Así como la lucha no empieza cuando una organización la asume –como se desliza en los discursos que sostienen “hay que empezar a…”, “nadie ha hecho nada”,  y desconocen lo mucho ya recorrido –con aciertos, errores, derrotas y victorias–, la antigüedad no auto-riza la descalificación de los otros.

 

 

II.Los organismos nacidos para enfrentar las violaciones de los derechos humanos perpetradas por el Estado terrorista tenemos como un eje central la lucha contra la impunidad fabricada por dictadores y gobiernos constitucionales. Pero no siempre atinamos a vincular en las acciones a esa impunidad con el sistema injusto, que atenta hoy contra los derechos humanos de nuestro pueblo. Sin secundarizar los objetivos y características de cada organismo, no podemos soslayar esa interrelación. Pero se ha llegado a decir que abarcar, en una misma manifestación, el repudio a la dictadura y a las políticas de los gobiernos constitucionales que continúan con la impunidad, desnaturaliza el acto y deja en el olvido a los Treinta Mil compañeros desaparecidos.

¿Es que todos deberíamos disolver nuestras especificidades en una única organización? No se trata de eso, sino de concebirmos en forma dinámica como parte de una lucha compartida. La marca de identidad de CORREPI seguirá siendo la defensa de las víctimas del gatillo fácil disparado por fuerzas estatales (gendarmes, policías provinciales y de la Federal). Precisarán quiénes son hoy blanco de la represión estatal, y desnudarán el entramado une a ésta con la de ayer, dado que, además de protagonistas, tienen una matriz ideológica común, y buscarán su condena. La AEDD mantendrá su especificidad en la construcción de la memoria de la lucha y del horror, y la acción para llevar a los genocidas a la cárcel. Pero CORREPI y AEDD no son compartimentos estancos y tienen un terreno común de debates, elaboraciones y acciones necesarias.

 

 

III.También ronda la tentación de considerar que unos u otros tienen el monopolio del dolor. Se establece casi una competencia en torno a quiénes sufrieron más, para reclamar sello de más luchador, del que debe ir adelante, de ser el único o el que más derecho a hablar tiene, de aspirar a una autoridad pautada en términos de pérdida. Los sobrevivientes de los campos de concentración, con la historia que tenemos sobre los hombros, estamos convencidos de que ni los centímetros de piel quemada por la picana, ni el peso de las cadenas, ni el haber sido amputados de nuestros compañeros de lucha nos dan primacía sobre los demás. Sabemos, sí, que la experiencia vivida nos ubica en un lugar particular para testimoniar contra los represores, porque los conocimos en carne y hueso, vimos sus caras, sabemos su olor. Y nuestra condición de militantes populares, a quienes nos desaparecieron por serlo, nos compromete también a dar cuenta de la lucha previa a la instalación del horror masivo.

Son la fidelidad, la coherencia y el sostenimiento de la defensa de los derechos humanos los que nos asignan un lugar. Arturo Blatezky, del MEDH, recordó hace poco una historia de romanos: un hombre repetía que en las Olimpíadas en Rhodos había saltado cuatro me-tros, hasta que alguien le reclamó: “Saltá ahora, porque no alcanza lo que hiciste en Rhodos 25 años atrás”.

IV.Complementaria con la anterior, circula la tendencia al monopolio de la lucha, palpable particularmente cuando se obtiene algún resultado deseado y positivo. El “somos los únicos que…”, “nosotros logramos que…” desconoce que si hay un terreno en el que no puede haber propiedad privada de las victorias es en el enfrentamiento a la impunidad. Es precisamente allí donde todos y cada organismo de derechos humanos debemos reconocer/nos beneficiarios de los esfuerzos de los otros. Un genocida en la cárcel, un fallo judicial que avance hacia la construcción de la verdad y el castigo a los asesinos, un chico nacido en cautiverio que recupera su identidad, son resultado de un entramado de trabajos y aportes de muchas hebras. ¿Quién podría reclamarse artífice exclusivo del encarcelamiento del represor Ricardo Cavallo? Para que ello sucediera hicieron falta años de acumular datos, que alguien en México asociara al “empresario” con el Sérpico de la ESMA, que los sobrevivientes que lo denunciaron tanto tiempo atrás lo reconocieran en las fotos de hoy, que los fami-liares de los desaparecidos ratificaran que los anteojos y los kilos no disimulaban su mirada de hielo; que juristas de Argentina, de México, de España, reunieran argumentos para que fuese a prisión; que solidarios militantes de todo el mundo sumaran acción y voz para exigir juicio y castigo. Y que se recogiese una experiencia generada incluso en tiempos en que tantos decían que ya no valía la pena hacer nada.

 

 

V.Esto del monopolio de la lucha tiene una variante descalificadora, tan peligrosa como las otras, pues detrás de un supuesto discurso combativo, conduce a la parálisis y presenta como estériles las formas de organización que se dan los sectores populares y sus luchas. Plantear que el encarcelamiento de un genocida es inútil porque todo el resto está en libertad, que sólo se lo acusa de algunos de los muchos crímenes que perpetró, que la prisión en la que se encuentra no es una mazmorra medieval a la que lo enviaron tribunales populares re-volucionarios, desconoce que la Revolución es un camino que se construye. Que no se llegará a los objetivos máximos desde la nada. Que la pelea comprende visiones y acciones estratégicas generales, y pasos concretos, específicos. La exigencia de apertura de fuentes de trabajo de los trabajadores de-socupados es, a la vez que un cuestionamiento global al neo-

liberalismo genocida, una

reivindicación del necesario pan cotidiano.

 

VI.Es cierto que nuestros debates no siempre se dan en el mejor de los tonos, pero más allá de eso, la crítica suele considerarse insulto y no planteo fraterno y necesario de las que pueden ser diferencias políticas, metodológicas, o simplemente una mirada desde otro ángulo. También herencia de la dictadura, la discrepancia, el conflicto, se viven cual amenazas antes que aporte, vía de rectificación, desafío a construir

colectivamente desde una diversidad fértil. Mucho ayudaría a superarlo si, asumiendo con humildad que no somos infalibles incorporáramos la autocrítica a nuestro funcionamiento interno.

 

VII.Soslayando la discusión franca y sin reservas, rumores y descalificaciones recorren “por afuera” y “sin firma” nuestros espacios comunes, provocando desconfianza y resentimiento. Quienes integramos la AEDD sufrimos esto particularmente, ya que somos blanco sistemático de sospechas que, contradiciendo el legítimo reclamo “que aparezcan con vida”, esconden el “por algo será que aparecieron”. Intentando una “vacuna” contra este veneno que infiltra nuestras relaciones, hemos elaborado documentos, invitado al intercambio sincero, pedido explicaciones a quienes echan a rodar mentiras. Con éxito escaso, por cierto, pues la respuesta predominante es negar haber dicho lo dicho, fingir un debate que no es tal, seguir multiplicando la difamación.  

 

 

VIII.La relación de los organismos con la política suele ser conflictiva. Es verdad que en estos años de go-bierno constitucional hay partidos que han degradado a la política queriendo reducirla a mera transacción comercial de espacios y recursos, reaseguro de impunidad para los poderosos. Pero esta conflictividad tiene también un anclaje en el período dictatorial: la demonización de la actividad política impuesta por el Estado terrorista forzó a quienes buscaban a sus familiares desaparecidos a que ocultaran la condición de militantes populares de muchos de ellos. Lo político fue en esos años un terrible estigma. Incluso en el exterior una denuncia era más efectiva si la víctima carecía de identidad partidaria. Y si bien hoy se plantea la reivindicación de la lucha de los desaparecidos, todavía existen dificultades para reconocerles pertenencia organizativa concreta, no genérica, a quienes la tuvieron. Encuadre político y en muchos casos partidario, que unió el “pensar diferente” con el “hacer diferente”. No se trata de que nos “partidicemos”, sino de contribuir a repensar la Política como algo distinto a lo que han reducido gerenciadores y tecnócratas a esta noble actividad humana que los desaparecidos abrazaron. Que se establezca con los partidos una dialéctica que no signifique ni adherir a ellos porque algún miembro tuvo alguna posición coincidente, ni la descalificación genérica. El parámetro de su valoración pasa, sí, por el compromiso real y sostenido, por sus acciones con-cretas, no por promesas de campaña o consignas huecas.

 

 IX.También merece pensarse la relación de nuestras organizaciones con el Estado. Durante la dictadura militar no había peligro de confusión: el Estado era el Estado terrorista. El único terreno era el de la confrontación, la exigencia, la denuncia. El 10 de diciembre de 1983 marcó un cambio de etapa, es cierto. Pero esto no puede diluir la línea que hasta por su misma definición separa a organizaciones derechos humanos, del Estado que –a través de los gobiernos– debe garantizarlos y que es, asimismo, responsable de sus violaciones cuando éstas se producen. Este terreno no admite espacios ambiguos ni límites laxos. El arte está en combinar la independencia con la dialéctica a establecer con las instituciones gubernamentales. Por citar un ejemplo: los archivos de la Conadep, bajo custodia y administración de un organismo oficial, contienen información indispensable para la construcción de la memoria, la verdad y la justicia, ejes de nuestra lucha. Acceder a esta herramienta, que está en la Subsecretaría de Derechos Humanos, no tiene por qué aca-rrear una coparticipación en esa dependencia. (No olvidemos que allí se han diseñado e implementado políticas que atentan contra nuestra búsqueda de justicia. Basta anotar las infelices acciones de Diana Conti para obturar las acciones judiciales contra los genocidas.)

 

X.

La omnipresencia de los medios de comunicación en el mundo de hoy nos lleva a introducir esta variable en nuestras concepciones y pro-puestas. Al poner por encima la necesidad de difusión, muchas veces se desvirtúan objetivos en aras de alimentar a los medios, sacrificando el contenido al formato publicitario. Una consigna expresiva de un consenso puede podarse según la amplitud de enfoque de la lente de una cámara. O se propone pautar actividades pensando más en el horario de emisión de algún noticiero que en su solidez y capacidad de convocatoria. También acá se trata de armonizar la necesidad de llegar cada día más lejos y a más para socializar nuestra lucha, con la comunicación indubitable de lo que queremos decir.

Asociación de Ex Detenidos Desparecidos

Pensándonos como ámbito de lucha, resistencia, organización, reflexión, solidaridad y contención, recuperamos de nuestra militancia popular, entre otras muchas convicciones, la certeza de que la lucha por un país, un mundo, más justo, exige construir con otros, compartir sin miedos, debatir sin cercos. La Asociación abre tantas voces... tantas vidas para eso. Siempre buscando que el futuro no nos sorprenda sin haber hecho lo suficiente.

Secretaria trilingüe se necesita

Trabajaba en una oficina del Grupo Editorial Planeta. Me ocupaba de los derechos de autor y contrataciones. Un día levanto el teléfono y del otro lado me habla el general Bignone. Le dije “Sí señor”. Me contestó “Señor no, general”. Ahí mismo le colgué y decidí buscar empleo en otro lugar. Era el año 1995.

Tuve varias entrevistas que iban bien hasta que llegaba la fatídica pregunta: ¿por qué había ido a Francia tan chica, y adónde estaban mis padres? Pero… ¿cómo explicarles lo complicado que puede llegar a ser el mapa familiar de una persona cuya madre fue desaparecida en 1976, que tuvo que exiliarse siguiendo a su familia ya instalada en Europa, donde, en realidad, la crió a partir de los 11 años otra mujer que se transformó en su nueva madre; y que además tenía un hermano? ¿Cómo explicar todo esto en esos años, donde hablar de desaparición era aun más tabú que hoy?

Así es que terminaba inventando historias familiares increíbles, olvidando qué había dicho en cada entrevista, metiendo la pata y contradiciéndome. Un drama. Inventaba a medida que hablaba… Era enredadísimo y provocaba desconfianza en mis potenciales empleadores.

En Total Austral buscaban una secretaria perfectamente trilingüe. Fui, creo, a 4 entrevistas antes de llegar a la que yo pensaba que sería la última. El jefe francés, con quien debería trabajar, me atendió durante 20 minutos, y quedó prácticamente convencido de que era la candidata ideal, si bien otra chica también le gustaba mucho. La pregunta sobre mis padres nunca llegó. No en ese lugar. Pero me dijo que tenía que pasar una entrevista con una psicóloga laboral cuyo informe lo iba a ayudar a que eligiese, aunque tenía una preferencia por mí.

La psicóloga me citó en una casa tradicional pero modernosa, en Barrancas de Belgrano. La entrevista duró desde las 18 hasta las 23. Sí, cinco horas. La psicóloga era joven, flaquita y fea. Pero lo más feo fue cuando me acercó su mano fofa y me dijo “hola”.

Me hizo toda clase de tests: encontrar la misma figura geométrica en una hoja de 200 figuras geométricas parecidas; interpretar manchas; dibujar lo que se me ocurriera, y hasta interpretar mis propios dibujos.

Me di cuenta de que ella carecía de cultura general. Yo pienso que no estuve tan mal, tal vez muy controlada, tratando de no meter la pata ni decir que todo eso me parecía una broma cósmica. Como la entrevista se prolongaba tanto, pensé que en realidad lo que estaban testeando era mi capacidad de aguantar sometimiento, aguantar autoridad. Estaba un poco impaciente viendo que se hacía tarde y tenía una hora de viaje hasta llegar a mi casa. Pero respiraba profundo pensando que si me tomaban iba a estar mejor, sin generales del otro lado del teléfono ¡exigiendo pagos de derechos de autor!

Finalmente llegó el momento. “Contame sobre tu padre y sobre tu madre.” Sobre mi padre pude decirle lo que se esperaba de mí. Pero exigió que le contara todo sobre mi madre. Le dije que no tenía muchas cosas que contar porque era desaparecida. “¿Desaparecida en qué sentido?”, me dijo con su voz finita de psicóloga. Creo que pensó que se encontraba ante un nuevo caso de algún complejo.

Como dice mi amiga venezolana, pensé “Esta vaina se acabó”. Perdí los estribos y la paciencia Le pregunté si había vivido en una media durante los últimos veinte años. Porque cuando en la Argentina se habla de desaparecidos, en regla absolutamente general sabemos de qué se trata, ¿no? Especifiqué: “Se la llevaron los militares”. La pobre señora se puso colorada como un tomate y empezó a escribir y escribir y escribir… Supe que todo estaba perdido y que tendría que seguir buscando trabajo.

Al final me mostró las últimas láminas que debía interpretar. Y yo, que ya había tirado la chancleta, empecé a burlarme un poquito de ella y de sus láminas. Me mostró una que representaba una pareja rezando, mirando la tierra y con herramientas a sus pies. “Muy parecida al cuadro El Angelus de Millet”, le dije. Por supuesto que me preguntó quién era Millet.

Pero el broche de oro fue la última lámina, en la que se veía a un señor bien vestido, de espaldas, subiendo él y su sombra una escalera; abajo había gente, mucha gente alborotada. Me preguntó qué historia podía contarle sobre la lámina y, perdido por perdido, pensé: “Sos mía y te como cruda”.

“Veo gente que no está contenta, veo a un hombre que puede ser el jefe, el patrón, veo que la gente no está contenta con este hombre que no paga bien y van a subir la escalera para agarrarlo, veo que llegó la Revolución, veo que quieren matar al patrón.” Lo dije sin calma, con voz y aire de profeta. Creo que se asustó.

Dimos la entrevista por concluida. Con la mismísima voz con la que Tweety le dice al espectador “me pareció ver a un lindo gatito”, le pregunté si podía ir a buscar los resultados del test. Me contestó que eran datos confidenciales, pero yo insistí con que me interesaba, que era bárbaro lo que ella hacía y que me podía ayudar para el futuro. Le gustó y me dijo que sí. Por supuesto, ni ella ni yo nos llamamos, y menos que menos nos vimos.

Tampoco me avisaron de Total Austral que no había sido seleccionada, pero yo insistí. Cuando se me mete algo en la cabeza no renuncio fácilmente. Los estuve llamando y jodiendo durante tres semanas, dos o tres veces al día. Nunca estaban, nunca me atendían, hasta que les gané por cansancio. “Ah, sí. ¡Camila! Me acuerdo de vos. Mirá, por el momento te dejamos libre.” ¡Gracias por la libertad que gentilmente me “devolvieron”, como si en algún momento les hubiera pertenecido!

Después me agarró la paranoia. Pensé que estos informes psicológicos podrían llegar a circular en todas las multinacionales instaladas en el país, y que nunca conseguiría otro buen trabajo. Por suerte todavía no están tan organizados. Me empleé en otro lugar, donde me aceptaron como soy. A la pregunta “¿Y tu madre?” contesté solamente que había muerto trágica y dramáticamente. No hubo lugar para más preguntas. Nadie tiene realmente ganas de meterse en los dramas ajenos presentados de esta forma. Si tratás de esconderlos todos quieren saber. Si lo decís de esta forma, te dejan tranquila.

Muchos años después mi jefe se enteró de la verdad. Pero él ya sabía cuáles eran mis capacidades, que es en realidad para lo que a una la toman en un trabajo, ¿no?

Camila Zibaico*

* Camila llegó a la AEDD preguntando si teníamos algún dato sobre su mamá, que está desaparecida. Si sabíamos de alguien que la hubiese visto en algún campo de concentración. Algún rastro para armar su rompecabezas.

A los pocos días partió para Francia. Una vez más.

En Buenos Aires tiene una tienda. Se llama “Vida mía”. Con pa-labras sabias por todo lo que lleva vivido y manos de diseñadora, nos trazó antes de despedirse este boceto de la vida suya que acá publicamos.
El Equipo:

Clara Batista

Milva Benítez

Silvia Corral

Graciela Daleo

Laura Di Ciano

Zulema Enríquez

Rita Haile

Lupa

Chipi Palmero

Judith Said

Priscila Schmied

Periodista Invitado:

Lisandro Gambarotta

Pelicula

Vicente Giaquinto