CARLOS CUELLAR
CLUB ATLÉTICO: Un testimonio (F96 - marzo/abril 1977)

El difícil ejercicio de la memoria

Hicieron falta más de veinte años para que finalmente decidiera reconstruir una parte de lo vivido, dejar un testimonio no sólo para el presente sino para las próximas generaciones, para mis hijos y los hijos de tantos de los que de alguna manera fuimos protagonistas de la historia de nuestro país en la década de los setenta.
No es fácil esta tarea de reconstruirse a sí mismo. Exige remover tantas oscuras telarañas. Recordar nombres y circunstancias dolorosas. Revivir horrores, puntualizarlos. Reabrir una herida que se creía ya casi inexistente.

El entorno

1977. Año terrible. Hacía ya largos meses que las tinieblas de la represión habían invadido el país y habían puesto a dura prueba las reservas de las organizaciones políticas populares y de la izquierda, de todos y cada uno de sus militantes.
Esto significaba para nosotros que, en el diario vivir, en lo cotidiano, nuestras actividades estuviesen marcadas por la ilegalidad y la clandestinidad y, en consecuencia, se vivía siempre y a toda hora bajo la amenaza de la represión.
Es cierto que todo esto tampoco era nuevo para nosotros: en los últimos tiempos del gobierno de Isabelita ya habíamos vivido un ensayo general, con el asalto a nuestros locales, secuestro, asesinato de nuestros primeros mártires y un largo etcétera de cárceles y mazmorras.

Los hechos

Con la que por entonces era mi compañera de militancia y de pareja, Lea Machado, hacia comienzos del 77 habíamos conseguido una piecita en un primer piso de una casa de inquilinato del barrio de Once, en plena zona central, en la calle Paso, a pocos metros de la avenida Rivadavia. Los dueños eran un matrimonio con una nenita. Luego sabríamos que él era suboficial de la Marina.
Para conseguirla habíamos dicho que éramos casados. Ella trabajaba en la oficina central de la Caja de Ahorros. Yo, en la fábrica de chicles Adams que, en ese entonces, casi se asomaba a los andenes de la estación de trenes Drago del ex Ferrocarril Mitre.
Nuestra vida de pareja por supuesto que era totalmente anómala, atravesada por las exigencias de una militancia plena: en el par de meses que estuvimos allí, no recuerdo que hayamos coincidido ni una sola vez en nuestros horarios. No salíamos juntos y tampoco almorzábamos o cenábamos como cualquier pareja. Cada uno militaba en un frente distinto y ni siquiera por la noche había coincidencias, ya que yo tenía turnos rotativos que acentuaban aún más nuestro comportamiento llamativo. Tuvimos un preaviso unos días antes del secuestro: una tarde encontramos una galletita mordida en nuestra mesita de luz; era evidente que la hija de los dueños había acompañado a alguno de sus padres en una visita de inspección.
Ese hecho nos hizo rediscutir formalmente nuestra vida hacia afuera, intentando salvar un poco las apariencias y hacia adentro a prometernos hacer una limpieza de materiales políticos, junto con el ajuste de lo que era nuestro "minuto" o coartada para justificarnos frente a la policía en caso necesario. Ambos militábamos en el Partido Socialista de los Trabajadores.
Pienso que, a esa altura, ya era tarde y para entonces, seguramente se habría iniciado el primer movimiento del engranaje del operativo de secuestro.
Así, unos pocos días después, el 21 de marzo de 1977, a eso de las 3 ó 4 de la mañana y mientras nosotros estábamos entregados al descanso, irrumpe violentamente un grupo de gente armada, tal vez seis o siete, nos inmovilizan, nos encapuchan y esposados nos sacan de la casa. Es casi obvio aclarar que allí nunca volveríamos: las llamadas "fuerzas del orden" se ocuparon de inmediato de saquear absolutamente todo lo poco que allí teníamos.
Una de mis primeras reacciones al darme cuenta de que empezaban a revolver y dar vuelta todas nuestras pertenencias, fue la de avisarles que había un arma corta en el ropero. En realidad, era obvio que ellos la iban a encontrar sin estas indicaciones y ésa sólo pretendía ser una señal para hacerles comprender que yo era un novato casi inocente.
Allí, comenzó un corto viaje en el baúl de uno de los tristemente célebres Falcon verdes, que, a decir verdad, me resultaría imposible identificar. Desde esa incómoda posición, intenté sin éxito la locura de comunicarme con mi compañera, para ensayar de coordinar algo en común.
El viaje duró apenas unos minutos, calculo que no salimos de la zona céntrica y tal vez nos hayan bajado en algunas de las comisarías de la calle Lavalle o quizá en el mismo Departamento Central de Policía.
Cuando nos hacen bajar, lo hacen seguramente en la vereda, por el cuidado en actuar rápidamente y los comentarios que se hacían entre los policías ("esperá, que allí hay uno que mira..."), luego, un pasillo largo, unas escaleras y un primer interrogatorio. Me acusan de ser miembro de las Juventudes Guevaristas (frente juvenil del PRT-ERP) y allí empiezo a argumentar lo que iba a ser el leit motiv de mi defensa: declararme socialista desde siempre y que mi militancia en el PST era consecuencia de haber sido admirador del primer diputado socialista de Latinoamérica: Alfredo L. Palacios . Se suponía que ellos irían a tener un tratamiento distinto con un socialdemócrata que con un marxista revolucionario.
Ante mi reivindicación de pertenencia a una organización socialista que tenía una posición crítica en relación con los grupos armados, y el argumento de que, por lo tanto, no tenían motivo para arrestarme, se rieron a carcajadas y me gritaron, acompañando una andanada de golpes: "¡Ah sí! ¡Ahora te vamos a demostrar cómo nos equivocamos!"
De este primer interrogatorio, salgo bastante bien físicamente, ya que la demostración de fuerza del enemigo se limitó a algunas trompadas y golpes. Íntimamente quedo totalmente convencido de que entraba en una pendiente hacia el infierno y que no había forma de evitarla, por lo tanto había que intentar afrontarla con entereza y buscando desesperadamente argumentos lo más coherentes posibles para construir una historia lo más creíble que pudiera mi cabeza pergeñar a esa altura. Sabía que a mi favor tenía el hecho de, que salvo un "Boletín I