ADRIANA CHAMORRO

La que suscribe, Adriana Chamorro, Argentina, declara bajo juramento lo siguiente:

Detención - Brigada de San Justo

 Fui detenida desaparecida el 23 de febrero de 1978, por un grupo armado de civil que se presentó en mi domicilio, situado en avenida San Juan 270, depto 13, Capital Federal, identificándose como "fuerzas de seguridad", que me trasladó, junto con mi marido entonces, Eduardo Otilio Corro, a la Brigada de San Justo, frente a la plaza del mismo nombre, sita en San Justo, provincia de Buenos Aires. Allí estuvieron detenidos mis padres, Modesta Rosa Electra de Chamorro y Adolfo Chamorro, así como su empleada, durante una semana, período en el que fueron amenazados para que dijeran mi paradero. Permanecí en San Justo durante un mes, y allí me interrogaron y torturaron con picana eléctrica y golpes. 

La “patota” del lugar, estaba dirigida por el “Coronel”, mediana estatura, canoso y grueso, el oficial de más alta graduación en el lugar aparentemente, y por el “Tiburón” en ausencia del Coronel. Estaba integrada también por “Pato”, alto, rubio y delgado, “Víbora”, ambos oficiales, y “Lagarto”, “Eléctrico”, “Burro”, que eran los guardias, posiblemente de menor graduación, todos con nombres de animales. Años después reconocí por fotografías al “Tiburón”, ante del embajador argentino en Canadá, en el consulado de Montreal. Se trataba de una declaración y un reconocimiento de fotografías para el juicio que se sustanciaba contra José Antonio Raffo. Supe entonces que Tiburón era el alias del entonces “oficial de calle” y finalmente comisario de la policía bonaerense Raffo.

En San Justo conocí a Graciela María Gribo, a quien mandaron a mi celda después de la tortura, y supe que estaba en un calabozo con Claudia Kohn. Alrededor de Semana Santa trajeron a un gran grupo de detenidos, a los que torturaron sistemáticamente durante varios días. Entre ellos estaban Liwsky, Raúl Petrowsky y la mujer de uno de ellos, a la que casi matan en la tortura. Conocí sus nombres por haberlos oído en el lugar, pero nunca los vi en ese momento, y supe de la tortura de la mujer por los gritos de los propios guardias. Estas cinco personas sobrevivieron y llegaron a la cárcel. En una ocasión, vino un alto jefe del ejército, de mayor rango que el Coronel evidentemente, a visitarnos. Según los guardias, tenía el poder de decidir si viviríamos o no.

El 23 de marzo del mismo año, junto con otro grupo de desaparecidos, nos trasladaron tirados en el piso de camionetas a un lugar que posteriormente supe que se trataba en ese momento de la Brigada de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, sita cerca del Camino Negro, frente al barrio de monobloques de YPF, en la localidad de Banfield, Provincia de Buenos Aires.

Descripción e identificación del Pozo de Banfield

Me llevaron al segundo piso de un ala del edificio en la que había 24 calabozos divididos en dos sectores de doce calabozos cada uno que se daban la espalda, con dos pasillos en cada sector, flanqueados por ventanas de vidrio fijo con banderolas que se abrían en la parte superior. Llamaré "A" al lado que daba sobre el barrio YPF y "B" al otro lado, desde donde se veía una gran antena, presumiblemente de Radio Argentina o Transradio.

Cada calabozo tenía dimensiones exiguas, de alrededor de 1,50 m de ancho por 2 de largo, donde había solamente una manta para todos los presos que hubiera. Los desaparecidos estaban con una venda en los ojos y con esposas en las muñecas permanentemente, aunque los guardias nos dejaban sacar la venda, pero no las esposas. Se comía una sola vez por día una sopa muy aguada y pan, pero cuando venían los jefes “de visita” podíamos pasar más de 48 horas sin comer. La falta de higiene era la más absoluta. Un recipiente de plástico de cuatro litros para las necesidades de todas las personas que estuvieran en el calabozo, a veces tres o cuatro. Una vez por día nos sacaban al baño para vaciar el recipiente, pero no lo podíamos lavar porque no nos daban tiempo y no había jabón ni nada parecido.

Para la menstruación de las mujeres no había absolutamente nada. Era necesario romper la ropa para hacer paños, que de todos modos no se podían lavar. Cada desaparecido tenía un jarrito de un cuarto litro para el agua, que se llenaba solamente una vez por día. Los calabozos no podían limpiarse con nada, salvo con la mano. Los guardias sacaban a las desaparecidas una vez por día para servir la sopa calabozo por calabozo, a veces para limpiar el pasillo y alguna que otra vez rápidamente los calabozos.

Varias veces, pero sin regularidad, vinieron integrantes de las “patotas” que nos habían detenido y que pasaban lista de “sus” desaparecidos.  En ese momento, había que decir “presente” ante la mención del nombre.

Guardias

En el lugar había tres guardias de 24 horas cada una, integradas por dos personas cada una, el jefe de la guardia y su ayudante, que raramente estaban en el piso de los calabozos.

El responsable de una de ellas, de nombre Manuel, aproximadamente 1.65 m regordete, de tez clara, cabello oscuro y escaso, de 30 a 35 años de edad. Su ayudante, cuyo nombre no conocimos, tenía el cabello ondulado, castaño, medía alrededor de 1.70 m y era de tez mate, casado con una hija. 

La segunda guardia tenía como responsable al cabo Manuel Moreno, recientemente ascendido en ese entonces, de aproximadamente 1,70m, casi calvo, de ojos castaños y voz grave, domiciliado, según dijo una vez, en la zona de La Plata, alrededor de la calle 111, con por lo menos una hija y un hijo y de alrededor de 30 años, aunque aparentaba más. Su ayudante, cuyo nombre conozco porque en una ocasión nos mostró su documento de identidad, era Juan Ángel Luján, alias “Virgencita”, de alrededor de 1.70 m de estatura, delgado, de cara larga y mejillas hundidas, ojos grandes oscuros y cabello lacio negro.

El jefe de la tercera guardia era Ángel, alrededor de 1.70 m, o menos, de ojos alargados oscuros, tez mate, cabello oscuro de facciones semejantes a las de un japonés. Pertenecía o perteneció a la sección investigaciones de la policía de la provincia, en la división estupefacientes.  Era casado con hijos. Su ayudante era apodado "el Tano", alrededor de 1.70 m, robusto, de cabello rubio oscuro, de ojos claros, usaba una pulsera de identificación que decía Carlos. Casado sin hijos. Se decía de él que lo habían destacado a este lugar porque era brutal en la tortura cuando pertenecía a las patotas.

Desaparecidos alojados en los calabozos del Pozo de Banfield

El pasillo que daba a las celdas estaba cerrado por delante con una reja y por detrás por los baños. Al llegar a este lugar fui ubicada en un calabozo del sector "A".  En este sector había otros argentinos detenidos, el Colo, un pelirrojo, el Chaqueño, del que supe que había tomado una pastilla de cianuro en el momento de la detención, que lo curaron y que cuando estuvo bien lo torturaron. A los dos los sacaban para torturar todavía. Había un hombre muy joven que hacía casi dos años que estaba desaparecido y había pasado por varios centros clandestinos de detención. Había dos mujeres, y unos pocos más de los cuales no conozco los nombres. Desgraciadamente, la mayoría de los desaparecidos daba sólo sus apodos. Todos fueron trasladados el 15 de mayo de 1978.

Supe por comentarios de los demás desaparecidos y por los ruidos que se escuchaban del piso de abajo que había allí otros secuestrados, pero no sé cuántos ni sus nombres. El día antes del traslado de mayo subieron por lo menos a uno de ellos a nuestro piso y los guardias preguntaban si alguien tenía un par de zapatos para darle porque estaba descalzo. Ese día y los días anteriores habían traído más gente al Pozo, y en la mayoría de los calabozos había tres personas por lo menos, hasta el momento del traslado del 15 de mayo. No pude identificar a ninguno de estos desaparecidos

Desaparecidos de nacionalidad uruguaya

En la madrugada siguiente de mi llegada me comuniqué con la celda colindante del sector "B" por la pared del fondo, en la que se encontraba María Asunción Artigas Nilo de Moyano, uruguaya, refugiada de las Naciones Unidas, detenida-desaparecida el 30 de diciembre de 1977, que me informó que estaba embarazada de aproximadamente cuatro meses y que el diagnóstico había sido confirmado por María Antonia Castro de Martínez, uruguaya, médica, secuestrada en el mismo lugar en un calabozo vecino.

En el sector "B" había cuando yo llegue alrededor de 21 personas. Uno de ellos era el marido de María Artigas de Moyano,  Alfredo  Moyano,  argentino,  que  compartía  el calabozo con Andrés Carneiro, uruguayo, estando su calabozo atrás del mío, en diagonal. Hacia los calabozos cercanos a la entrada estaban Aída Sanz y su madre, Elsa Fernández de Sanz, Carolina, esposa de Andrés, Yolanda Casco, Ileana García Ramos de Dossetti y su marido Edmundo Dossetti, Gabriel y otro de apodo Manuel o Cabezón, todos ellos uruguayos.  No conozco el nombre de los demás.

María  de  Moyano,  Alfredo  Moyano, Andrés Carneiro y María Antonia Castro de Martínez, con quienes podía hablar a través de la pared, me dijeron que Yolanda y Aída habían tenido en ese lugar la primera un hijo y la segunda una hija, que les fueron quitados inmediatamente después de nacer sin saber ellas donde los llevaban. Aída fue trasladada a la Brigada de Quilmes, donde fue nuevamente torturada, entre abril y principios de mayo de 1978, junto con otros de los uruguayos del Pozo de Banfield, y allí, siempre según María de Moyano, que fue trasladada también a Quilmes y estuvo en el mismo calabozo que Aída, la vio un integrante del grupo que la detuvo, Saracho o el Zorro, quien le dijo que su hija estaba bien, en manos de una familia que la tendría hasta que ella recuperara su libertad, y le hizo firmar un papel autorizando a bautizarla.

En Banfield  estaba también Mario Martínez, esposo de María Antonia Castro de Martínez, que sufría de asma. Fue trasladado junto con los demás a Quilmes entre abril y mayo, y según me informaron a su vuelta Andrés Carneiro, Alfredo Moyano y María de Moyano, murió en la Brigada de Quilmes a causa de un ataque de asma que no fue atendido.

Según me relataron los uruguayos, en su traslado e interrogatorio  en Quilmes participaban las mismas fuerzas de seguridad uruguayas que los habían secuestrado.

Durante todo este período María Artigas de Moyano me relató en diferentes ocasiones que la mayoría de los uruguayos había sido torturada durante la primera parte del secuestro y que cinco detenidos al mismo tiempo que ellos, o alrededor de la misma fecha, entre ellos el compañero de Aída Sanz, habían sido trasladados a Uruguay clandestinamente, viaje para el cual ellas fueron obligadas a hacer la comida.

Traslado del 15 de mayo

El 15 de mayo me trasladaron nuevamente a la Brigada de San Justo, para un nuevo interrogatorio. Estuve allí una noche y me trasladaron de regreso a la Brigada de Banfield. Cuando llegué me pusieron en el último calabozo del ala “B” y supe que el 16 de mayo habían traslado a casi todos los que estaban en el lugar, en las dos alas.

Todos los uruguayos fueron trasladados con destino desconocido, salvo María Artigas de Moyano e Ileana García Ramos de Dossetti, que quedaron en Banfield, en el primer calabozo del sector “B”. También había quedado en el Lugar Eduardo Corro, mi esposo. A partir de este momento, casi todas las comunicaciones que tuve con los demás desaparecidos se hacían por un sistema de golpecitos en la pared usando un código de tipo morse, porque no había nadie en el sector “A” y yo estaba separada de los demás por varios calabozos vacíos.

Los que quedaron me relataron de esta manera que para el traslado sacaban a los desaparecidos de las celdas, calabozo por calabozo, y les ataban las manos a la espalda, les tapaban los ojos con algodón y con una venda por encima y los volvían a traer al calabozo mientras preparaban a los demás. Los que estaban listos de vuelta en sus celdas contaban cómo los habían atado y vendado y les habían dicho que no hacía falta que llevaran nada porque no iban a necesitar nada. Había en el lugar mucho personal y vehículos el día del traslado, lo que era evidente por los ruidos, y los que preparaban a los desaparecidos no eran solamente los guardias. Éstos dijeron luego del traslado que los habían llevado “al sur”. Todos habían pasado los dos días sin comer.

María Artigas de Moyano quedó en el lugar evidentemente porque estaba embarazada, y los que quedamos allí pensamos que Ileana García había quedado porque pensaban que ella también estaba embarazada, porque no tenía la menstruación desde hacía unos meses. Ambas estaban juntas en el primer calabozo de ese sector.

A principios del mes de junio escuché que abrían una de las primeras celdas, donde entonces estaba Mary con Eliana Ramos de Dossetti, y por la voz del que hablaba reconocí al oficial de turno, alto, delgado, de cabellos y ojos castaños, de bigotes, alrededor de 30 años. Esto me fue confirmado más tarde por María Artigas de Moyano quien me dijo que era su calabozo el que habían abierto y que el oficial estaba acompañado por otro hombre, que le pidió que se sacara la venda de los ojos para que su acompañante pudiera verla, diciéndole a éste que ella era la persona de la que le había hablado. El acompañante le preguntó a Mary si se sentía bien. Ella reclamó vitaminas y un remedio para las contracciones que tenía desde el principio de su embarazo. El oficial le dijo que al día siguiente le traería lo necesario, lo que no ocurrió. Todos pensamos que esa era la persona para la que estaba destinado el hijo de María de Moyano.

Al lado de mi calabozo había otra mujer joven, argentina, de nombre Noemí, cuyo hijo pequeño había quedado con vecinos y cuyo marido había sido trasladado el día antes.

En los otros calabozos había dos ex miembros de la policía federal, y otra persona de nombre Ricardo Iramain, alias “el Mosca”, casado con tres hijos.

Matrimonio Logares

Estando yo en el sector “B”, en el calabozo No. 11, llegó a mediados de junio un matrimonio de argentinos, al que instalaron en el sector “A”. La señora tenía piojos y los guardias mandaron a su sector a María Artigas de Moyano para que le cortara el cabello. Le contaron a Mary que habían sido traslados clandestinamente desde Uruguay, lugar de su detención, a la Argentina, hacía alrededor de un mes, es decir, a mediados de mayo de 1978. La misma noche de su llegada abrió la puerta de mi calabozo uno de los miembros del grupo de San Justo, que había llevado allí al matrimonio y al que reconocí por un comentario que hizo con relación a mi detención. A los pocos días, cuando me habían sacado para limpiar los calabozos vacíos, tuve ocasión de hablar con la mujer por la pared del fondo de su celda. Me relató su secuestro desde Uruguay, donde vivían, y me dijo que los habían secuestrado con su hijita de dos años, llamada Paula, sin que ella supiera dónde estaba en ese momento. Los trasladaron a la Argentina, el primer lugar por el que pasaron fue la Brigada de San Justo, donde fueron torturados, para ser trasladados luego al Pozo de Banfield. Dijo también que estuvieron casi un mes en la Brigada de San Justo, que al ser trasladados ya casi no quedaba nadie en el área de los desaparecidos y que estaban pintando el lugar. Esta pareja fue trasladada de Banfield a fines de junio. Según supe después, estando ya en libertad, se trataba del matrimonio Logares, cuya hija fue recuperada por la abuela.

 Traslado de junio

A fines de junio se produjo otro traslado pequeño, en el que se llevaron con los mismos mecanismos que en el anterior, a Ileana Ramos de Dossetti, a Noemí y al matrimonio Logares. El destino, según los guardias, era nuevamente “el sur”.

Nacimiento de Verónica Leticia Moyano

Al día siguiente de este traslado, María de Moyano, o Mary, tuvo un ataque de nervios o de epilepsia, de lo que sufría a menudo, y a raíz de esto se presentó uno de los jefes del lugar, de mediana estatura, más bien bajo, de voz aguda, que le dijo casi gritando: “Tienes que mentalizarte que hasta que no nazca tu hijo no vas a salir de aquí”. Ese día la atendió un médico de barba, no muy alto.

Después de eso nos trasladaron a los que quedábamos, que éramos menos de diez, al sector “A”. Allí me pusieron en el calabozo de Mary. En el calabozo atrás estaba Carlos Rodríguez, al que habían traído de la Brigada de Quilmes poco antes, y en un calabozo vecino del suyo estaba su mujer, cuyo nombre no recuerdo. Ambos habían colaborado en la Brigada de Quilmes y, según decían, los habían trasladado al Pozo de Banfield para llevarlos de allí al aeropuerto y sacarlos del país, como les habían prometido. En realidad, a Carlos lo llevaron dos veces a torturar abajo y ambos serían, según los guardias, trasladados “al sur” con los demás.

El 21 de agosto 2 la noche comenzó a tener contracciones que duraron toda la noche. A 1a madrugada las contracciones se hicieron más frecuentes y para poder controlar su frecuencia pedí ayuda a la celda de atrás y a la de al lado.  En el calabozo de atrás, como ya dije, estaba Carlos Rodríguez, y al lado estaba mi marido, Eduardo Otilio Corro. Ante un golpe que yo daba en la pared del fondo, Carlos contaba los segundos que duraba la contracción, mientras que ante otro golpe Eduardo controlaba el intervalo. Alrededor del mediodía, con las contracciones muy cerca unas de otras, para evitar que Mary que estuviera demasiado tiempo con los guardias, llamamos y la trasladaron a la enfermería del primer piso, debajo de nuestros calabozos. Una media hora después pudimos escuchar un grito agudo. Al subir más tarde el guardia con la comida nos dijo que había nacido una niña, a las doce y media del mediodía. Alrededor de las 20 horas del mismo día, Mary volvió al calabozo sin su hija, con un paquete de algodón, en frasco de desinfectante y una sábana con manchas de sangre que sirvió para recibir a su hija al nacer y me relató lo siguiente:

Tuvo una niña que pesaba aproximadamente 2,700 kilogramos, que era muy nerviosa y que se sobresaltaba ante el menor ruido o movimiento y que sus orejas eran iguales a las del padre, Alfredo Moyano. Se la dejaron hasta las ocho de la noche, después de haberle hecho limpiar la enfermería. A esa hora llegó un hombre joven vestido de guardapolvo blanco. El oficial de turno, el mismo que había estado presente en el parto, le entregó el bebé al joven envuelto en un abrigo gamulán diciéndole a Mary que lo llevarían a la Casa Cuna. Mary tuvo que llenar unos formularios con sus datos personales y los del padre de la niña, además de las enfermedades que habían tenido en la infancia y el nombre de la niña, Verónica Leticia. La niña fue recuperada años después por sus abuelas.

Luego del parto Mary tuvo fiebre alta a causa de la leche que no se retiraba, y el médico le hizo aplicar por los guardias unas inyecciones, pero no sabíamos de qué medicamento se trataba.

El médico que la atendió era uno que ya había venido en otras oportunidades y que también actuaba en las brigadas de San Justo, y de Quilmes, de cabello ondulado castaño y ojos castaños, bigotes y tez mate clara. El mismo médico que estuvo en mi tortura diciendo cuándo había que interrumpir la picana por un tiempo y que me hizo curaciones después.

Época final del Pozo de Banfield

Poco después hubo una ceremonia en el Pozo, de la que evidentemente participaron muchas personas, porque el ruido de la formación se escuchaba desde nuestras ventanas, que daban a un patio interior,. Los guardias nos dijeron que era una visita del jefe. Estuvimos dos días sin comer para no ensuciar y pudimos escuchar un discurso en el que “el jefe” decía, en resumen, que la policía había cumplido con sus deberes patrióticos y volvía a sus tareas habituales.  El “jefe” visitó luego el sector donde estábamos y pudimos ver muchos uniformados verdes con botas por el pasillo.

Alrededor del mes de septiembre hicieron firmar la libertad vigilada a Eduardo Corro y lo trasladaron del lado “A” al lado “B”. Éramos en ese momento solamente siete personas: María Artigas Nilo de Moyano, Ricardo Iramain, Carlos Rodríguez, su mujer, los dos ex policías federales, Eduardo Corro y yo misma. Para esa fecha se empezó a pintar todo el piso. Los obreros que venían rascaban de la pared las escrituras dejadas por los desaparecidos para pintar después. Sacaron la pintura de las puertas con soplete para borrar las inscripciones, pero quedaron marcadas en la chapa metálica y pintadas encima. Según los guardias, el lugar volvería a sus funciones normales. El 11 de octubre me trasladan junto con Eduardo Corro a la Comisaría de Laferrere, donde “aparecimos” después de ocho meses de secuestro.

Antes del sacarnos, los guardias dijeron a todos los que quedaban que al día siguiente sería su traslado “al sur”, lo que era evidente por los síntomas que había.

En el Pozo quedaban solamente seis personas para el último traslado.